Medio: El País
Fecha de la publicación: domingo 01 de diciembre de 2019
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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El MAS empezó siendo un punto de encuentro en el que sumar demandas al más puro dogma laclaulino, y se convirtió poco a poco en una máquina de ganar elecciones. Su azul gremial, su ascedencia indígena y su poder territorial lo hacían infalible. Era un partido sin ideología, pero sí con reivindicaciones. En 2003 la agenda de octubre se convirtió en un programa de Gobierno, y el Instrumento encontró el acomodo de la intelectualidad de izquierda, los nacionalistas de Condepa y del MNR, los indigenistas y, más allá, algunos marxistas y laboristas.
No duró demasiado. El Instrumento era una herramienta para tomar el poder, no para debatirlo. Nadie podía poner de acuerdo el ultraliberalismo gremial o campesino – por muy solidario comunal que fuera – con las corrientes ecologistas, los leninistas o los puritanos indigenistas. De lo que se trataba era de gobernar.
No le fue mal. Sin revolución, Bolivia creció una década seguida mientras se teorizaban modelos Productivos – Comunitarios para que nadie creyera que lo que funcionaban eran ambiciosas unidades de negocio, prósperas en ausencia del Estado, que redituaban en la familia. O lo vecinos.
En esas, los marxistas tocaron a Gramsci y dijeron que era tiempo de “derrotar y sumar”, aunque más parecía “blanquear y entregar”. El cambio se hizo casi sin avisar, en medio del superciclo hidrocarburífero de 2012 – 2014, pero las consecuencias se sintieron en 2016, y luego en 2019.
De tanto sumar blancoides – muchos de los que hoy siguen colgando selfies y reivindicando sus pititas para tratar de tapar los millonarios negocios. Las palmaditas. Y las parrilladas. – el MAS acabó perdiendo incluso su 50%. Y sí, Evo Morales acabó renunciando a la Presidencia el 10 de noviembre de 2019, obviamente contra su voluntad.
¿Qué MAS había el 10 de noviembre? ¿El 8? ¿El 20 de octubre? El propio Morales había renegado a sus bases y había pedido “caras conocidas”, y aunque se hicieron esfuerzos por no poner candidatos tan declaradamente jailones, o al menos no multimillonarios, las bases del proceso no se integran por ósmosis.
El quiebre constitucional del 10 de noviembre develó esa dicotomía del MAS, entre las bases que no iban a irse a ningún sitio, y los adheridos que dudaron poco en hacer maletas y retirarse de la primera línea de fuego. La sensación es que se quedó el MAS real, el que sí supo sumar simpatías para formar las grandes mayorías y que se asustaron al ver tomar mando en plazo a viejos piratas de mar.
La diáspora solo quiere decir que el MAS vuelve a ser el MAS, y nada más. No es cierto ese relato romántico de la liberación que algunos medios y opinólogos han comprado espoleados por un retrato de María Galindo a Eva Copa que pocos han entendido.
El MAS vuelve a ser una suma de demandas no atendidas, urgentes, que habían quedado soterradas y subordinadas a la administración del poder. Al relato mismo de Gobierno. Demandas que siempre estuvieron ahí. Y que siguen.



