Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 10 de noviembre de 2019
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia comunitaria
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Uno de los mayores retos de la condición humana, y no sólo de este tiempo, sino que hace parte de la construcción de nuestra naturaleza social, desde su momento más elemental, es el de la convivencia con los demás. Los que al no ser uno son asumidos por condición natural como realidades existenciales otras. Así, el otro, ha significado siempre el reto de la propia existencia, así como de la posibilidad de la convivencia, porque de principio se lo asume por alguna valoración etnocéntrica como una amenaza más que como una oportunidad de encuentro. El otro, y así la otredad, es aquella realidad existencial por naturaleza múltiple y que justamente, a partir de estas cualidades, se asume como distinto a uno. La posibilidad de contacto, intercambio y de encuentro mutuo es base de la tan reiterada noción de la interculturalidad. Es más, bajo esta mirada, una comunicación intercultural crítica, junto a poder reconocer la existencia de formas, canales de expresión, códigos y comportamientos propios de referentes culturales diversos, nos permite ver tanto en el otro como en uno mismo la condición socioestructural desde la cual uno se expresa. Por tanto, la interculturalidad, que se hace efectiva sólo gracias a la experiencia comunicativa, como la misma comunicación intercultural, tiene como elemento común la búsqueda de relación más que la invisibilización y el desconocimiento del otro.
Aquí radica la distinción conceptual entre las nociones de multiculturalidad e interculturalidad, ya que en el primer caso se asume la presencia del diverso, pero, a su vez, se opta por el camino de su no contacto; mientras que la interculturalidad más que descriptiva es relacional y dialogal. Así, en el caso boliviano, por ejemplo, si asumiríamos la existencia de las más de treinta diversidades culturales indígenas originarias, pero a su vez dejáramos este reconocimiento en el plano de la formalidad jurídica o hasta sólo nominal, donde no se hace mayor esfuerzo para crear los ambientes efectivos para el relacionamiento, contacto y enriquecimiento mutuo, no estaríamos siendo interculturales.
La cualidad intercultural no puede disociarse de la existencia de aquella fuerza que impulsa a salir del yo para encontrar en el descubrimiento de un tú, un otro dotado de iguales cualidades y potencialidades. Justamente ahí se hace activo el elemento inter, de salir y entrar en coexistencia con otra realidad que no puede ser más ni menos que uno, ni tampoco una imagen antagónica, sino una realidad humana, parlante y enriquecedora de la existencia propia, dando como producto la verdadera cualidad humana de buscar igualdad y justicia los unos con los otros.
Bolivia, como caso único en el mundo, en el capítulo de Culturas, de su Constitución Política del Estado Plurinacional y como si se tratara más que de un documento normativo fundamental, de una pieza teórica o de orden académico, introduce el mismo sentido de lo intercultural diciendo: “La interculturalidad es el instrumento para la cohesión y la convivencia armónica y equilibrada entre todos los pueblos y naciones. La interculturalidad tendrá lugar con respeto a las diferencias y en igualdad de condiciones”.
La misma Constitución introduce el uso de la noción de la interculturalidad a lo largo de toda su extensión en por lo menos 11 referencias, entre las que se la asocia a términos como diálogo intracultural e intercultural, comunidades interculturales y educación intracultural e intercultural, todos ellos como elementos estructurantes del nuevo Estado.
Ahora, en la práctica, y más aún bajo los acontecimientos que en este pasado octubre han exacerbado las miradas confrontacionales, valdrá la pena preguntarse si la concepción de la interculturalidad, edificante del ser boliviano hoy, efectivamente se comprende y pone en acción. Pues parece que la tarea fundamental de la construcción de un Estado Plurinacional, y así intercultural, asumiendo cualquier pertenencia o reconocimiento cultural identitario, aspira más bien entrar en un efectivo fortalecimiento del tejido social plural en el que funda su sentido. Más aún, habría que comenzar ya a pensar y establecer las acciones curativas, y de la salud colectiva, que luego de episodios de exaltado distanciamiento posibiliten la recuperación de la aspirada convivencia entre diversos.
En esta dirección, valdrá la pena empezar a pensar y preguntarse si ¿habrá la disposición, capacidad y facilidades para hacer de nuestras poblaciones, y especialmente en las ciudades sometidas al enfrentamiento, espacios de comunicación? Y la respuesta será gravitante ya que de ella se podrá determinar si como parte de la edificación democrática, por la que se lucha, se está en efectivas condiciones para restablecer los caminos de la coexistencia, sabiendo que en esta dinámica la escucha al otro serán determinantes para lidiar con las mismas situaciones de desigualdad e injusticia que experimentan, y de variadas formas, cada uno de los ciudadanos.
Esto cobra mayor sentido sabiendo que también Bolivia, y en su Constitución, ha instalado el reconocimiento del derecho a la comunicación e información como derecho de las y los bolivianos. Vale decir que no solamente se debe garantizar la recepción de mensajes y contenidos en un plano informativo, y ojalá cada vez más plural, sino y, sobre todo, garantizar y actuar en favor de hacer esfuerzos democráticos para generar condiciones permanentes, y crecientes de real expresión, encuentro, interacción y diálogo intercultural de todos los diversos, camino que sólo permite recorrer la experiencia de la comunicación humana.
Bolivia necesitará pensar si en ella es posible la coexistencia democrática desde una práctica de diálogo intercultural, como señala su Constitución Política del Estado.



