Texto: Miguel Ángel González R.
Las instituciones del estado venían operando a espaldas de la ciudadanía, desde hacía ya mucho tiempo, en una suerte de campaña electoral permanente, amparados en artificios legales y comicios electorales donde los derechos de algunas minorías no eran tomados en cuenta, modificando día a día, durante varios años la relación entre los representantes y los representados, verdaderas instituciones zombis como las denomina Urlich Beck.
La legitimidad del poder, que en su nombre se fue volviendo autoritaria, generó una enorme crisis de confianza, un día, una gran parte del llamado soberano, no se sintió representada por la clase política, la tensión reventó el lazo y dejó al descubierto a cínicos y canallas que proliferan en esta época.
Los seres humanos estamos empeñados en la guerra, en provocarnos el mal, en robar, en esclavizar al otro, pero esto no debemos pensarlo únicamente desde el macro mundo donde habita el otro, la existencia del mal también se encuentra en el micro mundo, en cada sujeto y vamos en procura de su encuentro.
Al final o como principio somos animales, cuya pulsión de muerte en relación al prójimo se traduce en agresión, Hobes decía Homo homini lupus, (el hombre es lobo del hombre), lo que encubre esta animalidad es la bondad, los ideales, los diversos semblantes, la civilización, según el psicoanálisis.
¿Cómo sostenemos esto? Nuestra civilización ha inventado algo útil y es la manera de dirimir las diferencias, sin la necesidad de matarse, es un logro extraordinario. La educación, las producciones culturales, son respuestas que la humanidad ha inventado. La ficción posibilita la estabilidad de estas pulsiones, la democracia por es una de esas ficciones, el voto es una simplificación de esto, muchas veces oímos la expresión de que las urnas han hablado y es otra ficción, eso debe ser leído, debe ser interpretado, intuir qué quisieron decir.
La democracia está siempre en riesgo, es un porvenir, nunca está conclusa, es un ideal, y por tanto un ideal inalcanzable, diremos que va en contra de la idiosincrasia de los humanos, hoy más que nunca en sociedades fragmentadas, donde no existe la armonía de la palabra que pueda homogeneizar lo humano.
Hemos estado o vivimos, no lo sé, bajo la potencia de discursos que vehiculizan el odio y la segregación. La amenaza tiene siempre nombre propio, el imperio, el socialismo, los blancos, los indios, nacionalismos encarnados en los llamados populismos, inmensas fábricas de ciudadanos temerosos por las diferencias absolutas, seres violentados por aparatos represivos de dudosa consistencia jurídica que se materialización en el rechazo a los diferentes, marginando a las minorías, toda una maquinaria que da cuenta de una nueva forma de totalitarismo, no hay más este binarismo del pensamiento Hegeliano, el populismo unido por el odio a las elites, como esencia del racismo, una generalización de odio dentro del marco democrático.
La fraternidad heredera quizás de la masonería o de la revolución francesa, es la cara más bondadosa de la llamada democracia, esto de ser hermanos es lo que la constituye, entre hermanos se puede desarrollar amor y cooperación, también odio y amor, pero respetando al amigo o al enemigo político.



