El quiebre se ha producido. Después de varios años de un encandilamiento que respondía no solo a la figura de Evo Morales como líder y dirigente político sino al hastío con partidos que fueron parte de la vorágine de la coyuntura de entonces, hoy podemos decir que ese hastío tiene un nuevo actor. Muchos episodios lo justifican.
Todo comenzó con un indisimulado abuso de poder que llevó al MAS a instrumentalizar un aparato marcado por vejaciones a todos aquellos que se ponían al frente y por decisiones en el manejo de los fondos públicos donde en muchos casos la sombra del negociado daba la pauta de una conducta displicente respecto a lo que se hacía. El destino de esos recursos en obras suntuosas en un país que en el campo de la salud por ejemplo, requiere de inversión con calidad, calaban hondo en la conciencia colectiva que poco a poco terminaba de salir de ese letargo propulsado por una tranquilidad económica. El gasto público debía alimentar recursos a la economía mientras el discurso político debía continuar centrándose en el empoderamiento del régimen y de frases que encumbraban al líder y denostaban a todo lo que le fuera opositor.
La sociedad civil absorbía año a año denuncias de toda índole y negociados y respuesta a demandas colectivas que no se atendían si acaso las mismas no estaban alineadas al masismo, y lo hacía aguardando la causa capaz de encender la fuerza para exteriorizar una furia contenida por años, en una muestra de cómo es la Bolivia democrática e insurreccional. En ese entonces, la receta parecía sencilla: te unes al régimen y recibirás sus favores; no lo haces, y padecerás las consecuencias.
Cuando Evo decide desconocer el resultado del referéndum termina por edificar su espectro electoral. Las ciudades le eran y son totalmente adversas, y en las provincias precisa de un control que evite que el matonaje sindical de nacimiento a respondones. Por otro lado, hoy nos damos cuenta que mucho de esa votación tanto en el referéndum del 21-F como en la del 20-O, tiene la sombra del fraude y no refleja lo que el MAS fue en ese momento y lo que es en la actualidad.
Lo dije siempre a todos los que pensaban que ese partido era respetuoso de las instituciones y de la alternabilidad. Nunca lo fue. En los hechos, es un partido vertical con aroma caudillista, donde no existe posibilidad de ejercicio democrático. Es simple: se ordena y se cumple; sus congresos son solo figuras mediáticas que nunca estarán en contra de la voluntad de las cabezas. Y esa filosofía es la que se ha trasladado a la forma de gobierno, cimentada y soslayada en su momento por el voto de la gente que permitió que Evo cuente con dos tercios en la Asamblea.
Hoy, Evo no gana una elección con un TSE imparcial, y él lo sabe. Está consciente de que éste ya no es el país en el que recibía el pláceme de las mayorías, alimento para el alma del caudillo en cualquier parte del mundo.
Los errores que ha cometido y con él, toda su nomenclatura, lo han llevado a perder objetividad sobre la verdadera naturaleza de la sociedad civil que hoy está en las calles, y de la que se ha mofado y amenazado incomprensiblemente. Quienes hoy marchan en todo el país están conscientes de que el manipuleo de tribunales de justicia y el sometimiento del TSE son nada más que nuevos hitos que horadaron la popularidad de Morales y mostraron una faceta que pocos creían: el fraude.
Por tanto, Evo está en una encrucijada. Le dicen que no puede soltar el poder. El laboratorio social que permitieron se implante en Bolivia exige un actor populista en el complejo escenario latinoamericano. Los españoles tras la silla no entienden de institucionalidad democrática. Quizá Evo sí lo haga si internamente termina por comprender que la ira colectiva pasó la barrera de la tolerancia, y que el paso de demócrata a “dictador en democracia” es corto y peligroso. “¿Quién se cansa? ¡Nadie se cansa!... “¿Quién se rinde? ¡Nadie se rinde!... ¿Evo de nuevo? ¡¡¡Huevo Carajo!!!” . Y él lo sabe.



