Raúl Peñaranda
La gran acumulación de malestar popular contra el oficialismo se desató la tarde del lunes 21 de octubre cuando el TSE reanudó la entrega de resultados del TREP y, oh casualidad, en las casi 24 horas de interrupción, la diferencia entre Evo Morales y Carlos Mesa había subido de siete a 10,1 puntos. Justo para no ir a la segunda vuelta, en la que Morales resultaría perdedorWEsa fue la gota que rebalsó el vaso. Las enormes manifestaciones que se han producido en todo el país desde ese día demuestran que la ciudadanía había dejado de creer en Morales y su régimen hacía mucho.
¿Esperaba el régimen que podía sembrar nabos en las espaldas de la gente de manera indefinida? ¿Que la lucha por el 21-F sería abandonada? ¿Que podía salirse con la suya tras haber tirado a la calle 3.000 millones de dólares en elefantes blancos que no sirven para nada? ¿Que se le perdonaría haber mandado a construir dos mamotretos en la plaza Murillo para dejar su horrible sello a las futuras generaciones? ¿Que los acontecimientos sucedidos en el hotel Las Américas, cuando tres personas fueron ejecutadas por policías, serían pasados por alto? ¿Que su alianza espuria con los empresarios más poderosos sería aplaudida? ¿Que controlar a la justicia para salvarse el pellejo y acusar a opositores sería por siempre admitida? ¿Que haber colocado en el TSE a vocales masistas era algo aceptable? ¿Que los discursos de máxima arrogancia de Álvaro García Linera y otros ministros serían para siempre consentidos?
El fin de ciclo de las ideas de Morales y su grupo era ya evidente desde hace tiempo y la ira y compromiso de la gente que asiste a las multitudinarias manifestaciones, casi diarias, en todas las capitales del país, así lo atestiguan.
La incorporación indígena a la toma de decisiones y las políticas sociales redistributivas se quedarán como herencia para futuras administraciones, pero actualmente no son suficientes para darle a Morales la gobernabilidad de la que gozó en la última década.
Pero Morales tiene todavía fuerza para imponerse, aun en contra de la voluntad popular. Mantiene el respaldo de amplios sectores del país, además de los mecanismos estatales de represión.
Lo más probable es que, a sangre y fuego, se mantenga todavía en su suite de 1.068 metros cuadrados en un posible cuarto mandato.
Pero sin el apoyo de la ciudadanía, sin el respaldo internacional y sin el acompañamiento de la economía, en su futuro se entrevén dificultades crecientes y diversas, entre las que se incluyen una eventual fuga en helicóptero. O, mucho peor para Bolivia, que se convierta un nuevo Nicolás Maduro como en Venezuela, gobernando protegido por los tanques. Por eso la lucha en las calles debe continuar.



