Cuando más la oposición necesita de unidad, es cuando más parece despreciarla. Las elecciones primarias (enero de 2019), que el MAS forzó para blindar su candidatura, estuvieron precedidas de una extendida cuanto clamorosa solicitud de unidad. Si se revisan las declaraciones de analistas, de líderes partidarios y de periodistas, todas ellas coinciden en la necesidad que los líderes de la oposición presenten un solo binomio para hacer frente a un oficialismo que, se adivinaba, actuaría en bloque, sin fisuras.
Como esto no fue posible (recordemos que se presentaron ocho candidaturas de oposición), la sociedad, o más bien esa inmensa fracción de la sociedad que se niega a aceptar que una persona detente el poder por más de 14 años, que se resiste a la idea de que sus instituciones democráticas se conviertan en obedientes cajas de resonancia del poder, actuó de la única manera que lo hace una sociedad fatigada de tanto abuso: con lucidez. Agrupó sus votos en torno a Carlos Mesa, votó por ese intelectual medio huraño y de ideas liberales que, en base a empeño y terquedad, había logrado sortear, una a una, las piedras que le colocaba el MAS, hasta el punto de lograr una histórica votación (2.240.920 votos) y colocarse a puertas de una segunda vuelta electoral, con la probabilidad de vencer a Morales en un eventual balotaje.
Ante la evidencia de este respaldo, el MAS respondió de la manera habitual para esos casos: con rabia. Desde la Casa grande del Pueblo convertido en bunker partidario, Morales, en un discurso inusualmente breve para alguien que se creía vencedor, salió a celebrar su "cuarta victoria" y, ante la mirada atónita de millones de personas, que minutos antes habían oído que tanto el TREP como el conteo a pie de urna aseguraban una segunda vuelta, Morales, anunció, o acaso dictó, el resultado de la votación: El MAS había ganado en primera vuelta.
Pero la oposición volvió a dividirse. Uno de sus emergentes líderes, ya montado sobre la ascendente ola de indignación que despertaba la evidencia de fraude, en medio de un cabildo, soltó que no se debía aceptar ni la auditoria de las elecciones ni, peor, la segunda vuelta, lo que naturalmente descolocó a Carlos Mesa que pensaba en código institucional y esperaba un respaldo al balotaje. Esta idea también terminó por cambiar el discurso a otro líder, esta vez del Oriente, que, de haber inicialmente reclamado la realización de una segunda vuelta, pasó rápidamente a sumarse a las voces que pedían la anulación de las elecciones o la salida de Morales de la presidencia. Ni Evo ni Mesa fue, al final, la consigna.
Se abre una gran incógnita sobre lo que pasará después de que se conozca el veredicto de la auditoria a las elecciones de parte de la OEA. La oposición debería tener una mínima estrategia para los distintos escenarios según cómo vaya a resultar el estudio. Una hoja de ruta que implique salidas que no rompan con el orden constitucional, a la vez que preserve el orden democrático. Es una difícil ecuación en las actuales circunstancias, pero es lo que exige el momento histórico en aras de comenzar a reconstruir la institucionalidad boliviana.



