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Medio: El Día
Fecha de la publicación: viernes 01 de noviembre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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Si la OEA tuviera buenas intenciones debería empezar investigando las dos muertes ocurridas el pasado miércoles en la ciudad de Montero.
Allí podrá encontrar incontables muestras del régimen con el que está tratando, la calaña de autoridades por las que Luis Almagro sacó la cara y las nefastas consecuencias de lo que podría ocurrir si insiste en validar el fraude del 28 de octubre.
Debería empezar, lógicamente, por la convocatoria a la violencia que hizo el presidente Morales después de que el Tribunal Supremo Electoral lo declaró ganador y luego de rechazar las propuestas que hizo la OEA de aceptar una segunda vuelta electoral y/o someter los comicios a una auditoría patrocinada por el organismo multilateral.
Comprobará que este régimen sólo confía en la violencia, en el abuso y atropello a las leyes. Esas son las únicas herramientas que utiliza para apuntalar su poder y que una auditoría solo le puede interesar en la medida que le ayude a echarle tierra a los muertos, como hizo la comunidad internacional con El Porvenir, con la Calancha, el hotel Las Américas y muchos otros crímenes cometidos por el terrorismo de Estado
que se ha venido usando en estos 14 años.
No podría dejar pasar el llamado que hizo primer mandatario boliviano a cercar las ciudades para privarles de alimentos y suministros; el acarreo de mercenarios que ha estado movilizando hacia distintos puntos para provocar a los que exigen el respeto al voto y que lo han hecho durante más de una semana sin causar derramamiento de sangre.
La muerte justamente llegó cuando el Gobierno metió la mano. Ese mismo Gobierno que por un lado incita y promueve el enfrentamiento y por otro lado clama a la OEA para que venga y lo salve de la maraña en la que se ha metido por despreciar al pueblo, por burlarse de él, por decirle que le iba a dar cátedra de cómo se bloquea y cómo se causa dolor “a ver si aguantan”.
El delegado más torpe de la OEA podrá descubrir cómo ocurrieron los hechos luctuosos de Montero. Verá que allí actuaron francotiradores, que las fuerzas del orden pusieron de su parte al mirar de palco cómo las hordas violentas muy bien aleccionadas perpetraban un plan que incluyó saqueos, ataques a casas particulares y destrucción de negocios con el objetivo de generar una reacción de la gente que protestaba pacíficamente y que había soportado durante varios días la provocación.
Antes de iniciar su trabajo, la OEA debería hablar con el pueblo, con los líderes de la resistencia. Pedirles permiso a los dueños del voto que ha sido profanado por segunda vez en los últimos años. Descubrirá que su trabajo no le ayudará a Bolivia, ni siquiera al presidente Morales, quien ayer pedía una tregua y con ello no hacía más que incentivar la molestia popular que desde ya está enojada por las trampas, por los muertos y, por supuesto, por este intento de engañar al país a través de esta auditoría fraudulenta.
Este régimen sólo confía en la violencia, en el abuso y atropello a las leyes. Esas son las únicas herramientas que utiliza para apuntalar su poder y que una auditoría solo le puede interesar en la medida que le ayude a echarle tierra a los muertos.



