El gobierno y el MAS han conducido al país a un polvorín que, si explota, nadie saldrá indemne. Para peor, presumo que es este ambiente que buscaron crear entre 2007 y 2008, cuando contaban con legitimidad dentro de la población, y aprovecharlo para instalar una dictadura “de a de veras”.
La gente rechazó esa ambición y no cayó en la trampa, salvo algunos grupos radicales que fueron rápidamente reprimidos y controlados.
Así, las autoridades de gobierno y el MAS tuvieron que someterse a ciertas reglas de juego democrático, pero aplicando su hegemonía en todos los órdenes de la vida nacional, afán de copamiento que hastió a la ciudadanía, que el 21 de febrero de 2016 rechazó la pretensión de que el binomio gobernante se mantenga sine die en el ejercicio de poder.
Desde entonces, y hasta este 20 de octubre, la confrontación entre esos intentos prorroguistas y la voluntad ciudadana impregnó la vida política, con algunos intervalos que, como el de la nueva estrategia de reivindicación marítima, fueron desaprovechados por el gobierno precisamente por ese su afán de mantenerse en el poder a como dé lugar.
Para ello, las banderas del MAS comenzaron a ser arriadas en medio de contorsiones ideológicas
(como, a modo de ejemplo, su traición a los postulados de defensa de la naturaleza), incapacidad administrativa y una corrupción galopante. A eso se debe añadir el fin de la época de las vacas gordas (que fue el gran sustento del MAS), sin que se controle la actitud nueva rica de los barones del partido y del gobierno.
Todo eso fue socavando la confianza ciudadana en el MAS, al punto que para tener una primera mayoría en las pasadas elecciones tuvieron que recurrir a un monumental fraude, solo comparable al que realizaron los militares en 1978 para que el candidato oficialista de entonces pudiera obtener una mayoría absoluta. Se dirá que no hay nada nuevo bajo el sol…
Pero, en esta oportunidad hay una novedad importante: no hay precedente de una actitud tan irracional como la de pretender enfrentar a la población entre sí para mantenerse en el poder o amenazarla con provocarle hambre si mantiene su decisión de impedir el fraude y la prórroga de los inconstitucionales candidatos. Se trata, presumo, de una estrategia exógena, algunas de cuyas características pueden encontrarse en la lejana Camboya, o, más cerca, en Venezuela.
La otra novedad es que la oposición tiene un rasgo particular: muy pocos de sus dirigentes han tenido experiencias de esta naturaleza y comienzan a caminar en un terreno accidentado, con una ciudadanía que la apoya, pero con la que no ha sido posible aún crear sólidos lazos de identificación.
Y están los que buscan pescar en río revuelto, pretendiendo aprovechar, utilizando diferentes máscaras, cualquier espacio para tomar (o recuperar) espacios de acción al costo que sea.
En ese maremágnum, Santa Cruz dio el campanazo de la resistencia democrática y, hasta ahora, ha podido contener extravíos radicales de diverso tipo y, de una u otra manera, ha insuflado fuerza y horizonte a una movilización que a estas alturas ya es nacional.
Por esa situación de vanguardia comienzan a aparecer presiones de diverso orden que buscan perforar la visión nacional que ha aunado a una ciudadanía dispersa.
Como un ciudadano que cree que solo la democracia nos permitirá avanzar hacia el desarrollo y la justicia social, considero que la dirigencia cruceña, junto a la de todos los departamentos, deben ser garantes de unidad alrededor de objetivos legítimos y no buscar espacios de poder que ahora aparecerían como ilegítimos.



