Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: jueves 31 de octubre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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La misión de la OEA
Hace algo más de 10 meses, el 15 de enero del año que transcurre, se supo que el secretario general de la OEA, Luis Almagro, y el embajador de Bolivia ante ese organismo, José Alberto Gonzales, firmaron un acuerdo para el arribo a Bolivia de una misión de observadores que evaluarían las elecciones primarias del 27 de enero.
A partir de ese día, quedó claro que la OEA estaba siendo llamada a jugar un rol de primer orden en el proceso actual, cuyo desenlace está, precisamente, en gran medida en manos de ese organismo internacional.
La firma del convenio, con todas sus previsibles consecuencias, fue recibida con cierta confusión en las filas opositoras. Hubo incluso abundantes expresiones de rechazo e indignación.
La confusión era comprensible porque el aparato propagandístico gubernamental presentó la noticia como un tácito aval a la repostulación del binomio Morales - García Linera. Dados los antecedentes de Luis Almagro –su conocida posición adversa a los regímenes de Venezuela y Nicaragua, y la reconocida firmeza con que, en más de una ocasión, dio elocuentes pruebas de su identificación con valores y principios de la institucionalidad democrática– su imagen firmando ante las cámaras un acuerdo con el representante de Evo Morales en la OEA parecía un acto difícil de comprender.
Tales suspicacias se multiplicaron exponencialmente en mayo, cuando Almagro se hizo presente en nuestro país para asistir a la proclamación del binomio oficialista, en Chimoré, un lugar con enorme carga simbólica. Se recordó además que, muy poco antes, Evo Morales le había una furibunda andanada verbal cargada de insultos de muy grueso calibre, todo por la firmeza con que poco antes, en su calidad de secretario general de la OEA, había encabezado una ofensiva diplomática internacional contra los regímenes de Nicolás Maduro en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua.
Con esos antecedentes, no es sorprendente la desconfianza con que ha sido recibida la posibilidad de que la auditoría de las elecciones quede en manos de funcionarios de la OEA, designados por Almagro.
Sin embargo, a pesar de lo anterior y dada la gravedad de las circunstancias, corresponde poner las cosas en su justa dimensión. Con un elemental sentido práctico, se debe reconocer que la OEA, a pesar de los muchos desaciertos que se les puede atribuir, sigue siendo uno de los principales garantes de la estabilidad política regional, por lo que su intervenciòn abre una real posibilidad de solución para la crisis actual. Sin embargo, dada la sombra de duda que pesa sobre sus actos, lo que corresponde es que su labor sea muy de cerca acomañada por representantes de la UE y otros países de probadas credenciales democráticas.



