Dos marchas, dos concentraciones, dos personas, dos intenciones. Dos. En aritmética, ese número es el resultado de sumar uno y uno, pero la política no siempre sigue la lógica de la matemática y puede confrontar uno contra uno. En el caso de Bolivia, eso es lo que está pasando. Un sector está confrontado a otro.
Las imágenes del cabildo realizado ayer, en La Paz, y la concentración en El Alto grafican lo que pasa en el país: miles apoyan a Evo y miles apoyan a Mesa. En la lógica numérica de uno confrontado a otro siempre se podrá incluir variables, como el de aquellos que no respaldan a nadie pero buscan un resultado, como el castigo al fraude electoral o el respeto a la Constitución Política del Estado, o ambas, pero lo que vimos ayer no parecía permitir términos medios. Es uno, o los unos, enfrentado al otro, o a los otros. Y punto.
Y es que el dos que vimos ayer —dos marchas, dos concentraciones, dos personas, dos intenciones— no es el resultado de una suma sino de una división: el país está dividido y está dividido en dos. Ahí radica el problema.
Las dos personas que han dividido el país en dos buscan lo mismo, la presidencia. Mesa lo dijo con todas sus letras: como consecuencia de este conflicto irá preso o irá a la presidencia. Morales no quiere ir sino quedarse y, para ello, no tuvo empacho en aleccionar a los suyos con una velada instrucción: cercar las ciudades.
A partir de la instrucción presidencial, organizaciones de campesinos —u originarios, para quienes creen que el otro adjetivo es ofensivo— ya se han organizado para ir contra las ciudades mediante acciones que más o menos son lo mismo.
Al margen de la violencia que se vivió ayer en Santa Cruz, La Paz y Cochabamba, habrá que recordar que Sucre y Potosí fueron las primeras ciudades que expresaron su rechazo a los resultados electorales que fueron presentados bajo la sombra del fraude. En ambas ciudades fueron quemados los edificios de sus tribunales electorales y sus habitantes han demostrado cohesión a la hora de ejecutar las presiones. Eso significa que, si de confrontar a los campesinos se trata, ambas podrían reaccionar de manera tal que sería inevitable la violencia.
Y es la violencia el riesgo mayor porque, de no ser contenida, esta podría llevarnos a un camino sin retorno. Más allá de las denuncias de fraude electoral, lo que se debe entender es que, al estar el país dividido en dos fracciones que ahora se muestran irreconciliables, se podría llegar a situaciones extremas como una guerra civil.
A los políticos que nos han traído hasta este punto, eso les interesa muy poco porque, al final, emergerá un ganador, cualquiera que sea. El perdedor, el gran perdedor, será el pueblo que se habrá ensangrentado en el proceso y solo le tocará llorar a sus muertos.



