No lo decimos nosotros; lo dicen –por diversos medios– los analistas, los que habitualmente opinan sobre temas de la vida nacional. Si se dice tan abiertamente, y de forma pública, algún asidero de certeza debe haber. El TSE tenía que ser la fuente de información fidedigna, y no lo es. La abrupta suspensión del proceso de verificación de actas, en lugar de despejar las dudas, más bien ha contribuido a que se vea con más susceptibilidad y sospecha su labor.
Definitivamente, el TSE no ofreció antes ni ofrece ahora ninguna garantía de seriedad. En este momento no hay en el país una institución tan descalificada como aquella. En términos futbolísticos, si el árbitro del partido carece de idoneidad para administrar un partido, ¿qué equipo podría confiar en su labor? La respuesta es obvia. La visión y concepto que se tiene de ese tribunal no es de hoy; basado en testimonios fehacientes se tenía la convicción de que era desconfiable.
Si eso es verdad, cuesta creer que se hubiera puesto bajo su responsabilidad un proceso tan importante y de tantas implicaciones políticas y jurídicas. En el ejercicio de sus funciones, no ha resuelto un solo problema de los muchos que se le hizo conocer. ¿Cómo se esperaba que responda ahora justamente a la hora crucial de los resultados? Un tiempo atrás se planteó la renuncia previa de los vocales para ir a las elecciones, pero de manera tan débil y tan intrascendente, que pasó inadvertido.
Por las razones que son de dominio público, la de octubre último es una elección viciada de nulidad; pues además de ignorar el 21F y el Art. 168 de la CPE, se apoya en algo inexistente. En efecto, en ninguna parte del Pacto de San José se dice que la postulación a ser gobierno por tiempo indefinido es un derecho humano, porque eso es simplemente la dictadura. La ambigüedad y silencio de la CIDH sirvió para hacerle decir lo que no dijo, y utilizar luego como base para la sentencia constitucional que habilitó al binomio oficialista. Lo curioso es que aquellos mismos que defendían los antecedentes mencionados, participaron en los comicios como si aquellos no existieran.
El oficialismo ha cumplido con impecable destreza su plan maestro. Hizo lo que se sabía que iba a hacer. No iba a entregar en bandeja el triunfo al candidato que él mismo empujó para que sea su rival. En la práctica, lo que ha hecho la oposición es convalidar la postulación ilegal del binomio masista y sumarse al desconocimiento del 21F. Se enfrentó a un mastodonte que tenía todas las ventajas para ganar. Y para cooperarle mejor, se presentó fragmentada. El periodista Peñaranda tenía razón: “Primero fue Tuto, ahora es Ortiz”. Suponemos que este señor debe estar feliz: ha logrado su propósito.
Lo que está sucediendo nos recuerda un hecho histórico. En 1951 ganó las elecciones el MNR, pero el gobierno anuló y no quiso entregar el poder al candidato vencedor. Ese hecho motivó la rebelión popular del 9 de abril. Seguimos afectados por la amnesia crónica, ni recordamos ni aprendemos las lecciones de la historia: No hay que burlarse del soberano.



