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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: viernes 25 de octubre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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Urge presentar pruebas del supuesto “gigantesco fraude”
Tal como era de prever –de hecho, así lo hicimos en este espacio editorial durante las últimas semanas y meses– la publicación de los resultados de las elecciones generales realizadas el pasado domingo se ha producido en medio de toda clase de dudas y reclamos provenientes de las fuerzas opositoras.
Que así haya sido no es nada nuevo y mucho menos sorprendente. Nada nuevo pues, como es fácil recordar, se trata de un libreto que sin ninguna originalidad repiten los candidatos perdedores elección tras elección. Y tan repetida como su actitud victimista, es la inconsistencia de sus acusaciones, las que nunca fueron respaldadas con elementos de prueba que merezcan ser tomados en serio.
Es tan antigua esta historia que se remonta hasta los tiempos primigenios de nuestra democracia. Si sólo nos concentramos en el más reciente ciclo histórico, habrá que recordar que el antecedente más memorable de esa forma de afrontar la derrota es la reacción que tuvo, tras las elecciones de 2002, el candidato de Nueva Fuerza Republicana, Manfred Reyes Villa, quien, antes de reconocer que fueron sus propios desaciertos los que causaron su debacle, prefirió atribuirla a un supuesto fraude masivo que nunca pudo probar. Algo muy similar ocurrió en 2005 y 2009, cuando ante la arrolladora victoria de la fórmula del Movimiento al Socialismo, las fuerzas opositoras no quisieron buscar mejor explicación a su fracaso que un “gigantesco” fraude.
Con esos antecedentes, todavía frescos en la memoria colectiva, si algo queda claro es lo necesario que es actuar con seriedad, responsabilidad y cautela. Lo más importante es evitar que el drama se repita, esta vez, con dimensiones de tragedia.
Atribuir una dimensión trágica a la nueva versión de la misma historia no es una exageración. Es que las inmensidad de las dudas que han quedado abiertas sobre la credibilidad de los informes oficiales sobre los resultados de las pasadas elecciones nos ha llevado al borde no sólo de una tragedia sino de una catástrofe.
Por eso, ahora más que nunca, los líderes de la oposición tienen la obligación de poner donde corresponde –no en las calles– las pruebas de sus denuncias. No bastan, por supuesto, pruebas de irregularidades cuya abundancia siempre fue abundante. Lo que hoy se necesita, con extremada urgencia, son pruebas de un “gigantesco fraude”.
El tiempo corre en contra de la vía legal y pacífica y a favor de la de la fuerza bruta. Son los líderes de la oposición los que tienen en sus manos la elección del camino.



