Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: jueves 24 de octubre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Nuestro voto por la esperanza
El pasado domingo, en vísperas de la votación mediante la que los bolivianos fuimos convocados a configurar –a través de las urnas– el futuro inmediato de nuestro país, en este espacio editorial y bajo el título “El TREP, el límite entre el miedo y la esperanza”, afirmamos que al final de la jornada se abrirían dos posibles desenlaces. Uno, el del miedo. Otro, el de la esperanza.
“Todas nuestras esperanzas sobre el futuro político de nuestro país están puestas en la eficacia y eficiencia con que el TREP cumpla la tarea que le ha sido encomendada. Cualquier duda al respecto tendría consecuencias tan negativas que resulta difícil imaginar”, dijimos.
“A favor del miedo juegan muchos factores. Uno de ellos es que la percepción de que podría haber un fraude en estas elecciones es muy grande”, agregamos. Pero, como contrapartida, creíamos también que había buenas razones para no perder la esperanza. Y sostuvimos que “Esta noche, el futuro de todos los bolivianos se jugará en dos espacios. Uno, el que se refleje en las urnas de votación. Y dos, más importante aún, que esos resultados sean dignos de confianza”.
Al día siguiente, ya conocida la la voluntad popular expresada a través de las urnas, sostuvimos que habíamos sido testigos de un mandato esperanzador. Ante lo que podía ser interpretado como un “empate catastrófico”, preferimos depositar nuestras esperanzas en la lucidez de quienes, encabezando las dos corrientes en pugna, lograron ganarse un lugar privilegiado en la historia contemporánea de nuestro país.
Hoy, a la luz del curso que tomaron y toman los acontecimientos, todo parece indicar que cometimos un grueso error de apreciación. No sólo porque toda luz de esperanza parece desvanecerse con cada giro que dan los acontecimientos, sino también porque desde el borde del abismo, donde ahora estamos, el miedo pánico ante lo que nos depara el futuro parece ineludible.
Sin embargo, ratificamos nuestra apuesta por la esperanza. Lo hacemos a partir del reconocimiento de que los líderes de las dos fuerzas que están en pugna, cada cual a su manera, son exponentes de la voluntad del pueblo boliviano. Lo que los obliga a reconocer que son, cada cual a su manera, dos partes de una misma unidad.
Confiamos en que, a pesar de todo, el miedo que produce el vértigo cuando todo un país está al borde del abismo será –por paradójico que parezca– lo que mantenga viva la esperanza. Bolivia no merece nada menos. Corresponde a sus líderes ponerse a la altura de su pueblo y de su historia.



