Medio: Patria Nueva
Fecha de la publicación: sábado 12 de octubre de 2019
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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La democracia en Bolivia fue recuperada después de un largo período de gobiernos militares, que concluyó en 1982 con el inicio del segundo gobierno de Hernán Siles Zuazo, en muchos sentidos el padre de nuestra democracia.
La mala situación económica terminó por causar una crisis de enormes dimensiones, con una hiperinflación de 24.000 por ciento anual, además de la grave escasez de productos, poca producción y una sensación generalizada de caos y crisis.
Fue Víctor Paz Estenssoro quien, desandando las políticas estatistas de 1952, aplicó un muy eficiente plan de ajuste, que le dio estabilidad económica al país, que es hasta ahora patrimonio de los bolivianos. El espíritu básico de esa reforma económica sigue vigente hasta nuestros días.
La democracia, entre 1985 y 2006, cuando ganó Evo Morales, tuvo momentos de crisis, de corrupción, de intentos de cooptación de la justicia, pero también de reformas importantes, de medidas que buscaban hacer del país una sociedad más democrática y más justa. Uno de esos rasgos fue, por supuesto, la alternancia en el poder. Los mandatarios salían del gobierno y entraban otros. Por otro lado, y después de las reformas de 1992 y 1993, el Poder Electoral quedó en manos de personas intachables y de gran capacidad de trabajo. Otras instituciones, como la Defensoría del Pueblo, también estuvieron dirigidas por personas de alto prestigio e incluso en la muy zarandeada justicia se tuvieron a magistrados que gozaban de reconocimiento general.
Los problemas de la democracia se expresaron sobre todo en la incapacidad del sistema de partidos de incorporar de manera más acelerada y más efectiva a millones de indígenas y campesinos bolivianos que se sentían ajenos al manejo del poder. También hubo abusos y excesos, por supuesto, como los que terminaron en la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada, pero en general la democracia se fortalecía poco a poco, con un sistema mediático vibrante, una sociedad civil cada vez más alerta y unos partidos interesados en la renovación.
La llegada al poder de Evo Morales fue una consecuencia lógica de la apertura democrática y, por ejemplo, de medidas como la participación popular, que empoderó a sectores que antes estaban al margen de la toma de decisiones. También se puede rastrear el origen de la llegada de Morales al gobierno en las reformas de 1952 e incluso en decisiones anteriores.
Pero si Morales implicó un aire fresco para la política local y un intento serio y favorable de cambio de élites, pronto se vio que sus rasgos autoritarios eran tan notorios como su carisma y su facilidad de llegar a los sectores populares. Con los años, del Morales modesto y austero que habíamos conocido ya no quedaba nada, y más bien se convirtió en un presidente cada vez más interesado en el lujo, en la parafernalia del poder, en el derroche y en las decisiones arbitrarias.
El siguiente paso fue, quizás, inevitable: el deseo de Morales de permanecer en el poder, de no abandonarlo. Para eso utilizó su innegable popularidad y, también, su estrategia de impedir que existiera cualquier liderazgo que amenazara al suyo. Violó su palabra innumerables veces, sobre todo cuando insistió en postular para el tercer y cuarto mandatos, ambos inconstitucionales. Los abusos y los excesos, además de la corrupción y el cinismo de las autoridades, han llegado a límites inaceptables.
Para la recuperación plena de la democracia y el Estado de Derecho, Morales ya no puede seguir a la cabeza del país, si se queda un mandato más es muy posible que, siguiendo el modelo de Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela, ya no pretenda, nunca más, abandonar el poder. Y ello pondría a Bolivia ante desafíos inconmensurables.



