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Medio: El País
Fecha de la publicación: lunes 07 de octubre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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La campaña electoral entra en su recta final en un momento coyuntural relevante. Quedan apenas diez días de campaña y dos semanas para que los bolivianos introduzcamos nuestra papeleta en las ánforas de votación, y a estas alturas, todas las estrategias y mensajes están por demás definidos.
La elección del 20 de octubre, entonces, se trata de elegir entre a qué le temen más los bolivianos, si a perder la libertad o a perder el empleo
El oficialismo, más que nunca, está apelando al miedo de los bolivianos, a la advertencia de salir de la zona de confort donde cada cual se ha ido instalando en estos 13 años de gobierno en los que Bolivia ha pasado de ser un país en la lista de los más pobres del mundo, a un rango medio entre los países en vías de desarrollo, lo que se traduce en un PIB y un endeudamiento mayor.
El oficialismo cuenta con dos aliados impensables en este objetivo de meter miedo por el Cambi: Mauricio Macri por el sur y Lenín Moreno por el norte. La Argentina de los métodos ortodoxos ha llevado el dólar a más de los 40-45 pesos, con todas sus consecuencias; y el Ecuador más saneado que recibió Moreno fue estrangulado en apenas tres años, con solicitud de ayuda al FMI y por ende, recortes por doquier e incrementos de impuestos que han acabado con un gasolinazo durísimo y fuertemente contestado en las calles ecuatorianas.
La oposición, dividida como siempre, encontró en el incendio de la Chiquitanía un elemento contundente de ataque que no supo utilizar, pero que el Comité Cívico de Santa Cruz – veremos qué pasa en La Paz – con un impresionante Cabildo, han logrado convertir en argumento manejable.
Los cívicos han clamado por Democracia y Federalismo, dos ejes para confrontar con Evo Morales y su entorno, evidentemente sin dar apoyo explícito a ninguna de las candidaturas, pero sí una advertencia de desobediencia en caso de victoria de Morales, lo que a su vez activa de nuevo los detectores del miedo a la hora de sufragar, para no malgastar el voto ni generar inestabilidad.
La campaña, como viene sucediendo cada vez más en el país y en el continente, no están sirviendo para aclarar qué haría cada uno en el caso de lograr el poder, sino para arrojarse críticas e insultos y pintar panoramas apocalípticos de unos y de otros.
Democracia versus economía, una dicotomía que nunca se debería conjugar como conceptos opuestos a elegir, se ha impuesto en esta campaña. Para el oficialismo, cualquier Gobierno después de Evo llevaría al Estado al desastre por no saber administrarlo; para la oposición, que Morales se mantenga en el poder es transitar hacia un totalitarismo pragmático con todas sus consecuencias. La elección del 20 de octubre, entonces, se trata de elegir entre a qué le temen más los bolivianos, si a perder la libertad o a perder el empleo.
Respuesta fácil, dicen los que recuerdan que una vez se eligió democráticamente a un dictador, aunque Bolivia ya no sea la misma. En cualquier caso, el Latinobarómetro lleva preguntando por ello desde hace una década, y cada vez hay más latinoamericanos dispuestos a ceder a cambio de obtener estabilidad.




