En Bolivia, los partidos políticos suelen hacer las cosas contrarias a las que demanda la sociedad, se diría, sin exagerar, que confabulan contra sí mismos. Para empezar, Evo Morales con su desconocimiento de los resultados del 21F hizo lo que nunca debió: juzgó, bajo una lógica típicamente populista, que la ciudadanía se había equivocado y corrigió este “error”, desconociendo el resultado de las urnas y habilitándose a sí mismo como candidato a las presidenciales de 2019. Por su parte, la oposición, distraída con la frase “Bolivia dijo No”, ni remotamente intentó construir partido político y menos configurar un programa de gobierno coherente y alternativo. De cara a las elecciones nacionales, embarcados en una simple disputa por el poder, la oposición se dividió, no por programa, que no lo tienen, sino por espacios de poder.
Esto hace que sociedad y política estén hoy distanciados: la ciudadanía pide institucionalidad democrática y el MAS responde entornillándose en el poder y colonizando los poderes judicial y electoral; la gente espera alternativas viables, democráticas, y los partidos responden con artefactos eleccionarios que no proponen nada al país; la ciudadanía espera esquemas que obliguen al poder a retomar los equilibrios democráticos y la oposición responde con división y pungas internas.
Empero, la sociedad, descreída de los partidos y de los políticos, va buscando formas, maneras de reconfigurar la política con las armas que le da la propia democracia y el sistema político. Busca en las redes sociales la voz que han perdido en los medios de comunicación; escudriña en los partidos, en los que no creen, un espacio para hacer llegar su demanda aceptado a sumarse a sus filas; finalmente, busca en las urnas aquello que le fue escamoteado por más de una década en el poder del MAS, negociación y pacto.
Por ello, lo que hagan los actores políticos después del 20 de octubre será crucial para la democracia boliviana, porque de eso depende que el divorcio entre sociedad y política no se ahonde hasta el punto de hacer crisis. Aunque de forma difusa o clara, dependiendo de los resultados, la sociedad boliviana pondrá a los partidos políticos ante el serio desafío de encarar, en paz, la reforma institucional y democrática tan necesaria en nuestro país.
Ahora la decisión está en la sociedad, en la ciudadanía, que dirá su palabra este 20 de octubre. Después de esa fecha, la decisión estará nuevamente en los partidos políticos o, siendo específicos, en los líderes políticos. Si Morales persiste en su idea de que la sociedad se equivoca cuando vota contra él y acierta cuando lo hace a favor, las posibilidades de la transición son nulas, tanto como si los lideres de la oposición creen que pueden lograr mover una transición reforzando el personalismo y la carencia de ideas. Los resultados de las urnas obligarán a los partidos a encarar una nueva agenda de reformas en el Estado, que cambien el estilo de gobierno y se restablezca los balances democráticos tanto entre poderes del Estado como entre mayorías y minorías.



