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Medio: El Deber
Fecha de la publicación: domingo 29 de septiembre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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| HACE 6 HORAS
Pobre e inútil disputa entre opositores
A solo cuatro domingos de las elecciones generales, es importante prepararse no apenas para el momento de votar, sino para todo lo que venga después. Puntualmente, para lo que nos deparen los resultados de unos comicios marcados por irregularidades, cambios en las reglas del juego, control político de la cúpula gubernamental sobre el proceso y una absurda (por decir lo menos) actuación de los actores políticos de oposición. Si el conteo oficial de votos (fíjese que no digo “resultado de las urnas”) termina favoreciendo, sea en la primera o segunda vuelta, al binomio oficialista impuesto violando la Constitución y el mandato popular del 21 de febrero de 2016, ¿a quiénes se les echará la culpa?
Es muy probable que los propios candidatos perdedores traten de endilgar esa culpa a los electores, repitiendo el cansino y no siempre justo dicho de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Está comprobado que los malos gobernantes llegan al poder no solo porque suman votos a su favor, sino también porque se benefician de una estructura compleja y corroída, alimentada a su vez por una clase política que se mueve por interés personal o sectorial, antes que por el idealizado bien común. Es lo que la actual coyuntura electoral está dejando al descubierto, tanto por la actuación de una fuerza oficialista que ya demostró no tener escrúpulos en violar normas y leyes para aferrarse al poder, como por la de los actores de oposición que han sido incapaces de articular una estrategia clara y coherente para impedir que el atropello se consolide antes siquiera del 20 de octubre.
Es cierto que el juego comenzó disparejo, que todo favorecía al partido de gobierno. No por las buenas, sino por las malas, hay que aclarar. Pero a sabiendas de tanta desventaja, ¿no ameritaba acaso un esfuerzo especial para definir una estrategia de lucha conjunta, al menos entre cuatro de las siete candidaturas que se identifican como contrarias al MAS? Es lo que gran parte de la sociedad civil les reclama hasta hoy. Y no solo esto: también les echan en cara el que como si no bastara el que vayan divididos a enfrentar al enemigo que dicen tener en común, se trenzan en feísimas disputas entre ellos, con más ahínco que las abiertas contra el binomio masista. No da para entender, tal vez porque como dice José Luis Gálvez, a la sociedad civil le cuesta aceptar que la clase política se está moviendo por intereses y por mero afán de reproducción del poder.
Es cierto. Hay una realidad política difícil de asimilar, sobre todo en momentos como el que estamos viviendo hoy en Bolivia. Cuesta comprender que los políticos estén actuando en este proceso electoral, como si se tratara de uno más, sin la complejidad que impone la apuesta de poder absoluto del MAS. Algo que va en contra de las propias aspiraciones de llegar al poder, por parte de los opositores. Hay una coyuntura que continúa siendo usada a su favor por el oficialismo, incluso frente al terremoto político provocado por los incendios en la Chiquitania, que está trastocando la manera de pensar la cosa pública por parte de la población votante. Un terremoto que ya impacta en el electorado indeciso, y que puede ser decisivo en la migración de votos, más allá de lo previsto por los frentes.
Pero esa migración dependerá fundamentalmente del relato que sobre la tragedia hagan los diferentes candidatos. ¿Qué relato están haciendo de la misma los opositores, capaz de trascender sus absurdas peleas entre sí y de superar el que ya ajustó el masismo? Otra vez, la pelota vuelve a la cancha de la oposición, que parece no haberse dado cuenta aun de que el juego medio que se ha nivelado a su favor.
Gálvez me lo graficó bien en una entrevista que me concedió hace una semana. Antes de los incendios en la Chiquitania, Morales lograba captar hasta 11% de la intención del voto indeciso. Después de los incendios, bajó a 6,6%, mientras que Mesa subió a 7,1% y Ortiz a 5,2%. Una tendencia que puede revertirse otra vez a favor de Evo, si acaso Mesa y Ortiz insisten en seguir peleándose entre ellos, en vez de redirigir sus artillerías. Aclaro, hay más candidaturas, pero tomo aquí como referencia las tres con mayor intención de voto.




