Octubre es el mes de sucesos luctuosos. En la mollera de cierta gente todavía bulle el “octubre negro”, con su respectiva agenda. De entrada, en ese mes, el Evo tuvo que habérselas con un conflicto de dinamitazos en Huanuni; hubo 16 muertos. En su gestión no tenía que haber ni uno: empezó incumpliendo su palabra. La “estrategia envolvente” electoral, inédita en la historia de las urnas, será también en octubre. Esa parodia tal vez sea azul o parda, como el color de los gatos que caminan de noche por el tejado.
Falta apenas como un mes, y la meta ambicionada ya parece estar a la vista. No fue poco el recorrido: casi 14 años. En el primer día se decidió lo que había de ser; luego se desbrozó el camino a rajatabla, sin contemplaciones. “Para mis amigos todo: para mis enemigos, la ley”. La CPE, con su artículo 168 y todo, se fue al canasto, y el 21F es todavía un desafío pendiente. El segundo tiempo está en marcha, tal vez venga el tercero. El TSE es flexible, dócil y obediente. Es otro jugador en cancha, contra Bolivia.
Lo de octubre, pasará ciertamente a la historia como una experiencia audaz e inédita. Ya está en acción la que fue motejada como democracia “fuerte y perfecta”; ahí están los chutazos autorizados, las amenazas de enterrarlos vivos o de envenenar a los opositores que osaran hacer proselitismo en los feudos políticos de tierra adentro. Es la “democracia” de los dictadores; la otra, la que funciona con normas y principios, nada que ver con aquella. La que se dice “fuerte” es un invento del Atila que reina en estos reinos: “El que manda aquí soy yo”.
A los candidatos se suma un tercer actor, el de las encuestas. Es la danza de las cifras porcentuales en el tablero, cambiante y variable como el viento de la puna. No se dice cómo recabaron los datos; sobre la precisión y validez de los instrumentos, ni una palabra. La escueta información técnica no parece suficiente. Sin embargo, basado en esas cifras, el binomio palaciego ya se siente ganador; sus escuderos están a punto de programar la celebración jubilosa del triunfo. El primer dictador elegido fue Banzer, puede estar en camino el segundo. A fin de cuentas, parece que es cierto eso de que los pueblos tienen el gobierno que merecen.
Pero hasta hoy, la gran incógnita se mantiene. El soberano espera su turno con paciencia. Es el potencial elector que irá a las urnas a decir –con su voto– su palabra. Los candidatos de ambos lados creen que es un idiota, un tonto útil al que es fácil convencer con espejitos. Y creen que eso es posible con la profusa propaganda por los medios. Allí donde ven que flaquea el apoyo, allí se lanzan. ¿Serán ellos los indecisos, como se los categoriza? ¡Quién sabe! Por ahora, si a un viandante le preguntan si ha de votar por la dictadura o la democracia, esboza una sonrisa amarga y prosigue su camino. Es el ciudadano de a pie, en la calle.



