Lo que muestra hoy la política es un escenario gris, mediocre y aburrido. Todos los partidos han virado hacia el centro político, por lo que las propuestas no difieren en aspectos sustanciales. Dibujar un escenario futuro siempre es una tarea riesgosa porque, en realidad, el analista hace de aprendiz adivino, tarea para la cual, obviamente, no está preparado. Consciente de este riesgo, a continuación presento algunos escenarios probables producto de las elecciones de octubre.
La base para este análisis son las encuestas difundidas en los últimos meses que, si bien difieren en las cifras, coinciden en algo: Evo Morales no logrará sobrepasar el 51% de los votos, lo que va a cambiar la correlación de fuerzas en el parlamento.
El efecto de este cambio es que obligará a buscar pactos. Esto que es una rutina en todas las democracias, será una novedad en la política boliviana. Desde el año 2009, en virtud de los dos tercios conseguidos por el MAS en la Asamblea Legislativa Plurinacional, este partido no ha necesitado negociar con nadie. De esta manera, el Estado ha crecido en poder despótico, en su capacidad para controlar las diversas áreas de la sociedad, pero ello ha sido dirigido no para fortalecerlo en términos institucionales, sino para mantener el dominio de un partido político sobre el Estado.
Sin clara mayoría en el órgano legislativo, se puede pensar que los partidos busquen salidas pactadas hacia la reconstitución de la justicia, hacia la independencia de los poderes y hacia el potenciamiento de los niveles subnacionales de gobierno, que son elementos básicos en la reforma del Estado. Empero, dudo mucho que el MAS pueda y quiera ingresar a este esquema porque, finalmente, esa es la base de su poder político.
Por ello, si Morales resulta elegido presidente pero no tiene mayoría congresal, lo previsible es que opte por negociar con cada legislador por separado. Esto, que parece improbable, no lo es porque recordemos que, finalmente, los grupos de oposición no son, en rigor, partidos, sino maquinarias electorales que pusieron como candidatos a outsiders (personajes sin experiencia política pero con popularidad), lo que da un amplio margen para que estos legisladores, en realidad, obedezcan a sí mismos antes que a sus eventuales jefes. Esto es lo que pasó con el UN y el PDC en la legislatura que ya termina, y no hay razones para que ahora ocurra lo contrario.
Por otra parte, ya sea presidente o no, Morales, volverá a movilizar a sus bases cocaleras, campesinas y de cooperativistas mineros para presionar sobre el poder ejecutivo y/o legislativo, para forzar cambios favorables a sus intereses. Ya lo hizo entre 2002 y 2005 cuando estaba en la oposición y entre 2006 y 2009 ya en función de gobierno.
El gran desafío para la política, hoy, no es tanto cambiar de modelo económico, ni de Estado, sino desmontar un estilo de gobierno que está a contramano de la negociación y de la búsqueda de pactos. Dependerá de la fuerza y coherencia que tenga la oposición para forzar un cambio en esta lógica.



