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Medio: La Razón
Fecha de la publicación: martes 17 de septiembre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez
00:18 / 17 de septiembre de 2019
La semana pasada, imágenes difundidas por los medios de comunicación (y viralizadas por las redes sociales) mostraban a jóvenes, supuestamente miembros de la Unión Juvenil Cruceñista (UJC), pateando y lanzando puñetazos a militantes del partido oficialista en una de las casas de campaña del MAS en Santa Cruz. Esas imágenes parecían regresivas. Nos hacían retornar 10 años atrás, cuando esta agrupación juvenil, en aquel entonces articulada al Comité Cívico Pro Santa Cruz (CCPS), actuaba como una suerte de brigada fascista, con una violencia descomunal contra los indígenas, campesinos o, como ellos denominaban despectivamente, “collas”.
Desde su fundación a finales de la década de los 50, esta agrupación juvenil está signada por la violencia y la tragedia. La reaparición de los unionistas, como se los conoce en Santa Cruz, en un contexto de la polarización se explica porque la élite cruceña, compuesta principalmente por empresarios agroindustriales/ganaderos, veían la presencia de un gobierno progresista liderizado por un indígena como un peligro eminente para sus intereses corporativos. De allí azuzaron la calidad de “ser cruceño” en oposición a los “collas”. La UJC no solo encarnó esos sentimientos de odio y desprecio contra los collas y el gobierno de Evo Morales, su accionar fue también parte de una “espectacularización” de su habitus violento en la escena pública.
Resuelta la polarización socio/política en el marco de la constitucionalización de un Estado Plurinacional con autonomías y su efecto en la articulación hegemónica, surgió un “acuerdo sigiloso” entre los empresarios agroindustriales/agropecuarios cruceños con el gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS). Quizás ese “acuerdo”, a nombre del crecimiento económico, explica que a finales de 2009 la alianza entre exunionistas con jóvenes del MAS a quienes habían combatido no solo ideológicamente, sino también físicamente, para conformar la denominada “Juventud por el Cambio”.
Desde aquella articulación hegemónica, la entidad matriz de los cívicos cruceños comenzó a declinar, y como un efecto colateral, el accionar de los unionistas desapareció. Hasta que los terribles incendios forestales en la Chiquitanía develaron muchas tensiones al interior de la Asamblea de la Cruceñidad. Por ejemplo, un fuerte cuestionamiento por parte de muchos sectores, quizás los más conservadores, hacia los empresarios agroindustriales/agropecuarios no solo porque el Bosque Seco Chiquitano se está quemando, sino también por su presunta alianza con un enemigo ideológico, el gobierno del MAS.
A los pocos días de la Asamblea Cruceñista, como una suerte de efecto dominó, regresaron las escenas violentas imputadas a los unionistas; se reactivó el sentimiento anti-colla de los años de la polarización; volvieron los estribillos racistas y, aún peor, retornaron las pateaduras y golpes contra los militantes del MAS, quienes simbólicamente representan a los collas en Santa Cruz.
Entonces, el modelo de crecimiento cruceño basado en el dinamismo agroindustrial/agropecuario, que apostó por un capitalismo salvaje a costa de exprimir la naturaleza, y que ha provocado un daño ambiental tremendo en la Chiquitanía y en otros parques naturales, estaría en la mira. Sin embargo, este debate se soslaya al interior de la dirigencia cívica cruceña. No hay una mea culpa sobre las verdaderas causas de esta tragedia ambiental, sino que se está buscando un chivo expiatorio: el colla masista. Y con ello, han comenzado a aparecer jóvenes en las calles cruceñas que reeditan las viejas prácticas violentas y grotescas de los unionistas. Así, la bestia resurge espectralmente.



