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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: jueves 05 de septiembre de 2019
Categoría: Debate sobre las democracias
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Nada más falso. La memoria social es como la individual: siempre inmediata y para nada dilatada. La memoria alude a la identidad: Somos la que nos concebimos; no como producto de circunstancias pasadas de referencias imperecederas, sino como sucesión de acontecimientos que van definiendo una realidad reciente, aunque efímera. Es ese presente el que nos define.
De la memoria corta y la memoria larga –para utilizar la terminología cara a algunos sociólogos– esta es una ilusión y aquella la única que causa efecto.
Hace poco, comentando el fracaso del presidente argentino Mauricio Macri en las elecciones primarias en ese país, no pocos analistas se escandalizaron ante la ignominia de un pueblo que habría olvidado las miserias del anterior régimen de los Kirchner. ¿Cómo explicar esa actitud irracional “del pueblo”?
No todo tiempo pasado fue peor. Es tan absurdo como declarar que todo tiempo pasado siempre fue mejor.
El centroamericano David Días Arias afirmaba hace algunos años que “la historia siempre pone en duda la memoria”. La historia es en definitiva una interpretación que no se sustenta en recuerdos sino en evidencias, las cuales deben, además, someterse al rigor de una disciplina. El atribuir conductas sociales a la inconsecuencia de un pueblo, producto de su mala memoria, es solamente expresión desconsolada de quienes ven frustradas sus expectativas.
¿Algún argentino habrá revisado la colección de periódicos pasados en sus páginas económicas para definir su voto? Si castigó al gobierno de Macri solo pudo ser porque su experiencia cotidiana, inmediata, lo desengañó de las expectativas que había alimentado ese gobierno. El alza de precios en los servicios públicos y la depreciación del salario en ese país, pudo más que cualquier mal recuerdo de la corrupción de los Kichner.
El tema de la memoria se utiliza también para explicar el destino de los pueblos, y de esto tienen muy mala experiencia los indígenas. A mediados de la década de los 80 fue moda atribuirles dos memorias: una “larga” y otra “corta”. La “larga” la vinculaba con su pasado brindándole su verdadera identidad. La “corta” le servía, simplemente, como testimonio de una situación colonial, poco útil para una liberación.
Esta caracterización asumida por la academia continental al impulso financiero de ONG y agencias internacionales de “desarrollo”, llegó a ser la dominante, capaz de imponerse en las agendas gubernamental de países como Bolivia.
La imposibilidad de ser programa de gobierno explica la actual voltereta ideológica y de gestión, de la que –precisamente– tenemos mala memoria. Del pachamamismo primordial de saberes y epistemologías alternas para cambio de actitudes, a los intentos de “economía comunitaria” y “democracia comunitaria” para desmantelar los edificios institucionales vigentes, hemos transitado hoy a la feliz comunión del gobierno descolonizador con el modernismo más ramplón, a la sombra de la alianza estratégica de gobierno, banca y empresariado, en especial del oriente boliviano.
Ahora, esa memoria ficticia solo estorba el dinamismo de quienes deberían ser agentes de cambio. Por un lado, pequeños grupos de intelectuales indígenas, que vibran cada vez que se rescatan testimonios arqueológicos, así menudos sean, pues posibilitan reconstruir idealmente un pasado mirífico, ante la imposibilidad de entender el presente y construir un futuro real y concreto. Por otro lado, lo más preclaro de la clase media criolla encerrada en un naturalismo conservacionista, esperó los incendios de la Chiquitania para por fin desplegar sus fuerzas; nubladas estas, sin embargo, por el protagonismo de la Abuela Grillo y del Abuelo Fuego, y no por actores económicos y sociales reales y concretos.
Y, para finalizar sobre la influencia de la memoria: En octubre de este año –en ocasión de las elecciones nacionales– ¿qué memoria habrá todavía de las quemas en la Chiquitania y cuál su influencia en los resultados de la misma?
Pedro Portugal Mollinedo es autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia y actual director del periódico digital Pukara.



