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Medio: El Deber
Fecha de la publicación: jueves 05 de septiembre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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| HACE 3 HORAS
El candidato presidencial del Partido Demócrata Cristiano (PDC), Chi Hyun Chung, se pronunció el pasado lunes sobre los colectivos LGBT, indicando que las personas que los conforman no deberían divulgar sus ideas sobre la identidad y la sexualidad y que tendrían que recibir tratamiento siquiátrico, debido a sus complejos y traumas sicológicos. Con estas declaraciones, el candidato, que es líder de decenas de iglesias, de una universidad y de una clínica, recurrió también a un dispositivo de poder que no era fácil de encontrar tan expuesto en los medios de comunicación: la siquiatría.
El filósofo francés Michel Foucault enseñó, en un libro titulado El poder psiquiátrico, que esa parte de la ciencia médica es determinante en la configuración del poder en la sociedad, porque, en primer lugar, permite combatir todas las conductas que resultan “indeseables” (relacionadas siempre con el cuerpo) y, en segundo lugar, porque sus representantes, los siquiatras, pueden prestarse a esconder del público las patologías de las autoridades y otros líderes, como lo explicó en 1993 el escritor inglés Vivian H. H. Green, quien enumeró a decenas de políticos prominentes con problemas mentales que los médicos se habían dedicado a encubrir; en la lista se hallaban nombres insospechados, como los de Winston Churchill, Woodrow Wilson y John F. Kennedy.
Sin embargo, en Bolivia ya no hay poder que alcance para esconder los problemas mentales de algunas autoridades. Tal es el caso de Percy Fernández, alcalde de Santa Cruz. También es el caso del presidente del Estado, Evo Morales, quien es el centro de un mundo casi mitológico, en el que le está permitido imponerse siempre y engañar a los demás; y de su vicepresidente, Álvaro García Linera, mitómano.
Ahora emerge un presidenciable que desea acallar el debate sobre identidad y sexualidad, apelando a la siquiatría con el fin de etiquetar a quienes propician la discusión y reclaman sus derechos, al tiempo en que él, que es médico y está empoderado, confía en que conseguirá eludir las etiquetas que la siquiatría y la sicología le tienen preparadas, pues apuesta a que no se vaya a hablar de él como paciente.
No obstante, es menester advertir que la salida simplista que propone el candidato es propia de las personas con condiciones sicológicas peligrosas. Los dictadores, por ejemplo, presentan esta dificultad para entender la diversa y compleja realidad; ellos solo entienden de personas buenas y personas malas, y llegan a creer que tienen que erradicar a estas últimas como a la mala hierba y así triunfar en sus roles, patológicamente creados, de guardianes de la moral, la revolución, el orden, etc. Por lo tanto, queda claro que los problemas siquiátricos y sicológicos abundan en la cúspide del poder y en los caminos que conducen a ella.
Lo más recomendable es que el electorado afine los sentidos y deje de elegir a personas así para los cargos públicos. Por lo demás, cabe insistir en que lo dicho por el señor Chi el día lunes no constituye un asunto de salud pública, sino de poder. El PDC quiere poner al autoengañado médico y candidato por encima de los ciudadanos LGBT, a quienes pretende endilgarles la identidad de “enfermos”, para que posteriormente les toque asumir otras nuevas identidades, como las de “ovejas” o “pacientes”, con Chi como el “pastor” y “el doctor que sanará las heridas de Bolivia”.
No es risible. Es realmente pernicioso para la sociedad.




