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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 11 de agosto de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Es difícil hacer una comparación porque la situación política mundial y las condiciones económicas de la región también han cambiado notoriamente. En aquellos años, por un lado, EEUU mantenía un alto prestigio como líder indiscutible en varios temas clave de la gobernanza y el ordenamiento global, como el respeto y la defensa del derecho internacional, el multilateralismo, el libre comercio y la democracia, entre otros.
Por el otro lado, los efectos de las políticas neoliberales, que habían sido propugnadas justamente por EEUU y que fueron acogidas con gran entusiasmo por todos los países de nuestra región, con excepción de Cuba, habían generado decepción y descontento en una gran parte de la sociedad latinoamericana que no se benefició con dichas políticas.
Pero ahora, si bien EEUU sigue siendo un actor de primer orden en los temas de la gobernanza y el ordenamiento global, ya no es más un referente en todos los temas mencionados, exceptuando la democracia, y tampoco lo es más en otros asuntos que se introdujeron después en la agenda internacional, como el cambio climático y la migración.
En efecto, la invasión de EEUU a Irak, que no fue autorizada por el Consejo de Seguridad, y el retiro de ese país de varios tratados y organismos internacionales, como la Unesco, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, el Pacto Mundial sobre la Migración y los Refugiados, el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, el Acuerdo nuclear con Irán y el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio con Rusia, dan cuenta de esa realidad.
En lo económico, los modelos que se aplicaron en la región a principios del siglo XXI, que ensayaron una combinación de políticas socialistas, liberales y keynesianas, tampoco lograron convencer a quienes habían quedado descontentos con los paquetes neoliberales de los años 90. Este análisis, sin embargo, no se aplica del todo a Bolivia que, a diferencia de Argentina, Brasil o Venezuela, por citar los casos más emblemáticos, ha mantenido la estabilidad macroeconómica que había alcanzado a partir de 1985 y además logró un crecimiento económico anual de más del 4% entre 2004 y 2019, con un pequeño paréntesis en 2009, cuando creció al 3,3% (Cepal, 2019).
Su posicionamiento como opción de la derecha es más por antonomasia respecto a su principal competidor que por convicción o principios. De hecho, si consideramos las ideas y propuestas que Mesa difundió durante todos estos años en distintos libros, ensayos, artículos, disertaciones y entrevistas, podríamos afirmar que se trata de un hombre de centro o centro-izquierda, tal vez un socialdemócrata.
Actualmente otras potencias como China y Rusia intentan ocupar ese sitial de liderazgo político que Estados Unidos dejó vacante y no se tiene muy claro qué modelo económico se debe aplicar –solo se sabe que hay que salir de extractivismo– para enfrentar el periodo que ya estamos viviendo, caracterizado por una caída importante de los precios de las materias primas que exporta la región.
En este complicado contexto, Bolivia, Argentina y Uruguay tendrán elecciones presidenciales y parlamentarias este año, que podrían consolidar el dominio político-ideológico de la derecha sudamericana, o atenuarla si la izquierda consigue mantenerse en los gobiernos de La Paz y Montevideo, y mucho más aún si logra reinstalarse en el de Buenos Aires.
En el caso boliviano, según las encuestas de intención de voto, existen dos candidatos con posibilidades de obtener la victoria, Evo Morales, del MAS, y Carlos Mesa, de la alianza Comunidad Ciudadana (CC). Si nada verdaderamente extraordinario ocurre, uno de estos dos candidatos será el presidente de Bolivia entre 2020 y 2025, cuando la nación andina y amazónica cumpla 200 años de independencia.
Al respecto, si bien Evo Morales representa innegablemente a la izquierda castro-chavista latinoamericana, que se adscribe sin desparpajo al “socialismo del siglo XXI” y a los postulados del Foro de Sao Paulo; la opción de Carlos Mesa no es tan clara.
Aun así, por algunas declaraciones y tuits del mismo Mesa y lo que fue su corto gobierno (2003-2005), podemos inferir que su política exterior será primeramente más profesional e institucionalizada, pero también más pragmática y menos ideologizada –esto sí lo dice el plan de gobierno de CC– y por tanto, más cercana a las posturas de los gobiernos de derecha que nos circundan.
En relación a la crisis política, económica y humanitaria que está pasando Venezuela, que es justamente el tema que más divide y mejor define el posicionamiento político-ideológico actual de los gobiernos de la región, el 26 de febrero de 2019 Mesa comentó: “La dictadura venezolana, apoyada sólo por las bayonetas y la represión. El presidente Guaidó apoyado por un pueblo harto de un gobierno que ha llevado a Venezuela a la ruina. Maduro debe irse. ¡Elecciones limpias, ya!”.
En cualquier caso, visto desde el prisma de la doctrina “Bolivia, tierra de contactos” ideada por Luis Fernando Guachalla (hijo) o desde la perspectiva geopolítica del “macizo andino” de Jaime Mendoza, los temas más urgentes para el país son actualmente la renegociación de los contratos de venta de gas a Brasil y Argentina, la culminación del proceso de adhesión al Mercosur, la concreción y ejecución del proyecto del corredor y ferrocarril bioceánico, la consolidación de las alternativas portuarias de Ilo y puerto Busch, la consumación del proyecto de industrialización del litio y el nuevo enfoque para el tema del mar.



