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Medio: El Día
Fecha de la publicación: domingo 18 de agosto de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Los actos protocolares de este 6 de agosto han mostrado al otro Evo Morales, con un discurso muy corto (35 minutos), bien estructurado, conciliador, directo, mostrando seguridad, confianza y proyectando futuro. A diferencia de los 13 años pasados, ahora no denunció a los vende patria, no confrontó, no se explayó demasiado en cifras, cuadros y estadísticas, no insistió en sus viejas consignas de echarle la culpa de nuestras desgracias al imperialismo norteamericano y, por el contrario, invocó y convocó con insistencia a los empresarios privados, habló de modernidad y de reconciliación nacional.
El presidente mencionó tener un lindo plan diseñado, no solamente con miras al 2025, sino mucho más allá, que moverá la economía nacional e internacional. No quiere ser el mejor presidente de la historia de Bolivia, sino el presidente de la mejor Bolivia de nuestra historia. No cerró su discurso (como tantas otras veces) con el estribillo nada original ni boliviano: “patria o muerte, venceremos”.
No habló sin embargo de la desaceleración económica por la disminución de los precios internacionales de nuestras materias primas, la drástica reducción de la producción del gas y la significativa rebaja de exportación a los mercados de Argentina y Brasil. Tampoco mencionó los déficits fiscal y comercial y el elevado endeudamiento externo, menos de la “pobreza multidimensional”, que contrastan con la bonanza económica que proyectan los primeros mandatarios. Apenas mencionó los nuevos casos de corrupción, el narcotráfico, la guerra sucia, el proceso eleccionario, el Tribunal Supremo Electoral, el horror de la justicia, los elevados porcentajes de feminicidios, etc.
Los cambios del presidente se han acentuado en la medida en que sube la temperatura de la campaña electoral con miras al 20 de octubre, incluso mucho antes. Hace algún tiempo, por ejemplo, no tuvo ningún reparo en asistir a una Iglesia Católica y recibir de algún cura “neoliberal” la comunicación (hostia), cosa que al parecer no había hecho nunca (por lo menos como Presidente). Lo más sorprendente ha sido, en este sentido, dejar de viajar a Venezuela y participar del “Foro de San Pablo”, algo rarísimo porque en algún momento se sugirió, incluso, que tenía que asumir el liderazgo político de este movimiento, denominado Socialismo del Siglo XXI, frente a la condena y detención de Lula Da Silva.
Este virtual alejamiento del “Foro de San Pablo”, desnuda que el “matrimonio de hecho” entre los gobiernos de Maduro de Venezuela y Evo Morales de Bolivia, se ha enfriado y hasta cierto punto congelado. La excusa de que estaba “enfermito”, como informó Álvaro García Linera, no pasa de ser eso, una excusa nada protocolar ni diplomática (lo cual no exime que exista subterráneamente una comunicación fluida, habida cuenta de los intereses comunes y deudas pendientes, pues Hugo Chávez no sólo le puso un avión exclusivo a Evo Morales, sino que le hizo todo el lobby en su primera visita a Europa como presidente electo). También sorprendió adoptando un perro de la calle, tratando de mostrar cierta sensibilidad humana, que no había lucido nunca antes.
Todos los seres humanos tenemos aspectos positivos y negativos que aparecen con más fuerza cuando nos convertimos en personajes públicos. Lo evidente es que algunos políticos presentan a lo largo de una campaña política una faceta de su personalidad, que suele desvanecerse cuando asumen o conservan el maravilloso instrumento del poder. A propósito de esta metamorfosis de Evo Morales, en las elecciones nicaragüenses de 2006, Daniel Ortega vistió de blanco, leía la Biblia, cantó salmos, se asemejaba más a un “predicador matinal” que a un político, proyectó la imagen de alguien que buscaba los consensos que muchos anhelaban en Nicaragua. Mientras Daniel Ortega se proyectaba como un chico bueno, la oposición se sacaba los ojos. Cualquier parecido con nuestra realidad es pura coincidencia.



