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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 18 de agosto de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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A finales del siglo XIX, el historiador y político británico, James Bryce, definió la democracia como el gobierno de la opinión pública. Para explicar mejor su teoría, identificó cuatro formas de democracia: 1) La directa, 2) la representativa, 3) La intermedia y 4) la de la opinión popular (pública).
Según Bryce, en el gobierno de la opinión pública, la voluntad de los ciudadanos se pronuncia en todo momento, sin necesidad de pasar a través de un cuerpo representativo, e incluso, sin la necesidad, quizás, de la maquinaria electoral.
Sin embargo, consideraba que la opinión de la gente era difícil de medir porque había tantas opiniones como tantos habitantes en la tierra. Pero creía que aunque “no se ha inventado ni se invente nunca la maquinaria para pesar o medir la voluntad popular de semana a semana o de mes a mes”, los gobiernos se inclinaban a comportarse como si existiera ese método, por lo cual inquirían constantemente las manifestaciones de la opinión popular y trataban de “adaptarse a ellas”.
Medio siglo después, el periodista y estadístico estadounidense, George Gallup, fundó el Instituto de Opinión Pública para medir, mediante la encuesta científica, lo que Bryce creía que no se iba a poder medir, quizá, nunca.
Desde ese momento, los gobiernos se preocuparon por medir los sentimientos y pensamientos de la gente sobre diferentes temas de Estado, y los periodistas se vieron obligados a informar no sólo sobre lo que los gobernantes decían, sino sobre lo que los gobernados pensaban de aquellos.
Las encuestas electorales llegaron a Bolivia a principios de la década del 90 del siglo pasado y desde entonces se constituyeron en instrumentos indispensables para trazar las estrategias electorales y personificar las campañas políticas. Paralelamente, se convirtieron en pseudoeventos creados para copar agenda mediática y acicatear el comentario de la opinión pública sobre su propia opinión medida, esta vez, “científicamente”.
Conocedores de que las encuestas causan acción y reacción recíprocas entre quiénes forman, movilizan, guían y transforman la opinión de la masa, los gobernantes de todas las tendencias, pero particularmente los totalitarios, se preocupan de controlar el germen mismo de la formación de la voluntad de una persona: la información.
Para controlar la información, el poder controla tres aspectos: 1) los hechos o dichos que pueden ser convertidos en información, 2) los sujetos (periodistas) que pueden convertir esos hechos en información, y 3) los medios masivos (empresarios) que pueden difundir esos hechos convertidos en noticia.
El primer aspecto es difícil de dominar, pero si son sometidos los otros dos, a través de la coacción, la amenaza o los intereses económicos, los hechos pueden ser seleccionados, jerarquizados, producidos y presentados bajo el matiz del poder político.
Sin embargo, al poder no le gusta el azar en materia de comunicación política, más aún sabiendo que la información es el alimento vital de la opinión del ciudadano. En consecuencia, intentan también manipular el primer aspecto produciendo y disfrazando pseudeoeventos como hechos informativos (marchas, adopciones, actuaciones, discursos) para engañar o engatusar a los electores hasta lograr que la opinión se sobreponga a la verdad.
Muchas veces fracasan, pero algunos días logran su propósito porque saben que las ideas de las personas no se basan en los hechos ni en la verdad, sino en imágenes poco precisas o borrosas de esos hechos o en estereotipos, prejuicios, cultura o ideología.
Por ello, la comunicación es parte esencial de la estrategia política del gobierno del Estado Plurinacional que menosprecia la información y aprecia la propaganda, los fake news y la desinformación con el fin de manipular la opinión pública hacia sus causas.
La buena información adhiere la opinión de la gente a la democracia; la desinformación, al autoritarismo. La persuasión es técnica de gobiernos democráticos; la manipulación, de regímenes totalitarios. La persuasión expone razones, hechos decisivos, ideas y argumentos; la manipulación inocula falacias, desinformación, datos incompletos, prejuicios, mitos e intolerancia.
James Bryce creía que no se iba a poder medir nunca la opinión pública; hoy no sólo puede ser medida, sino moldeada. ¿Cómo? Pues, si el poder controla los pseudeoeventos, controla la información; si controla los medios, controla la información; si controla la información, controla las encuestas; si controla las encuestas, moldea la opinión pública; y si moldea la opinión pública, puede ganar elecciones.
Andrés Gómez Vela es periodista




