Medio: El Día
Fecha de la publicación: miércoles 14 de agosto de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Los electores que irán a las urnas en octubre, están pasando por un momento de cavilación. No es que tiene al frente candidatos buenos cuya elección resulta difícil, como sucede con la postulación a las reinas: todas parecen bonitas. No, no es ese el caso. Todos son malos candidatos; no hay ni siquiera para escoger el menos malo. Mi vecino dijo el otro día que de buena gana les echaría todos al canasto. “Que se vayan todos; ninguno sirve”. ¡Tampoco!
Lo único claro es que se trata de una farsa, con actores improvisados, sin libreto ni guión. Si votas por el cocalero, significaría que te gustaría vivir bajo un régimen autoritario, con corrupción y narcotráfico a todo dar. Y si te animas por los otros, casi da lo mismo: son correas del mimo cuero. Ambos predican la democracia. Aquellos dicen defenderla, pero en los hechos se acomodan al lado del binomio chuto. Las llamadas “primarias” fue un testimonio irrefutable de esa situación. Si te fijas bien, ambos: oposición y oficialismo, son una misma cosa.
No hay izquierda, no hay derecha. Esas nominaciones son ficticias, parecidas a las que se suele utilizar para los equipos deportivos. Los llamados partidos son junt’uchas ad hoc, para las elecciones. En nada se diferencian los unos de los otros. Si tuvieran una teoría doctrinal, de ella se derivarían las líneas maestro a seguir para la economía, la educación y otras actividades. Estaríamos hablando de un sistema coherente. Pero olvídate. Varios factores condicionan esa triste realidad; unos provienen del tiempo mismo en que se vive; otros, como la demagogia, son de hechura local.
Hay pues un sujeto nuevo que ocupa el escenario. Según algunos pensadores y críticos, como el Nobel Vargas Llosa, el mundo vive hoy la civilización del espectáculo; todos buscan pasar su momento como sea, disfrutando; el mañana romántico de otrora ya no existe. El sueño de conquistar laureles para enorgullecerse mañana es cosa del pasado. Es la vida venal, superficial, sin fondo la que predomina hoy. Todos se parecen a todos, es el tiempo brutal donde impera la masa. La hiperdemocracia, con su paridad de género y otras vainas, está de moda.
Por su puesto que también llegó eso a la política. Un gran mercado con productos electorales light funciona, con candidatos de esa misma naturaleza. Son seres vacíos, sin consistencia ni ideología; figuras de consumo comercial. Son los deshabitados de que hablaba Marcelo Quiroga. No son ni buenos ni malos; son baratos, desechables como los productos chinos. Sin embargo, son los protagonistas de hoy, los bueyes con los que debemos arar la dura tierra de la democracia.
Los cazadores de electores incautos o ingenuos, buscan adeptos en ese campo. Dizque hay un mercado potencial de indecisos que bordea el 30 %. La fórmula es conocida: en los periodistas, modelos, deportistas, etc. quieren que se vote para el partido que paga. Claro que vale la pena. La recompensa es tentadora; por eso hay ese mercado negro de los candidatos light.



