Para el imaginario político boliviano, las elites son esencialmente insensibles, explotadoras y abusivas. Gran parte de su lucha política se ha dado para librarse de ellas. Tiene dos momentos relevantes: en 1952, cuando se expulsó a los más grandes prominentes de la élite minera boliviana como Patiño, Hoschildt y Aramayo; y en 2003 cuando los movimientos sociales sacaron del poder a Gonzalo Sánchez de Lozada, cabal expresión de la élite boliviana que se había enfangado en ineficiencia y corrupción. En ambos casos, esta expulsión de la élite a la vez ha significado la presencia de un líder poderoso que gobierna el país por largo tiempo: Víctor Paz en 1952, Evo Morales en 2005.
Este sentimiento anti-élite va más allá de las clases sociales, la portan por igual las clases citadinas como las rurales, las clases pobres como las clases medias, aunque es posible pensar que los que la politizan son intelectuales de la clase media que teorizan sobre esta emoción, la revisten de racionalidad y de tradición teórica, la convierten en proyecto político. En 1952, quienes teorizaron sobre las élites fueron Carlos Montenegro y Walter Guevara y en 2003 fueron los intelectuales nucleados en torno al grupo Comuna: Tapia, García y Prada.
La clave es que este sentimiento anti-élite, puede volverse en contra de los que antes lucharon contra la élite cuando, para la mirada de la masa, ellos se convierten en élites también. Esto es lo que pasó con Víctor Paz en 1964 cuando, a raíz de su tercer mandato, fue expulsado del poder por su vicepresidente Rene Barrientos, un militar cuya popularidad radicaba en estar junto al pueblo, en comer junto al pueblo, en beber junto al pueblo.
La pregunta es: ¿Evo Morales va camino a ser considerado como esa élite que antes denostó y despojo de su poder? Algunos hechos nos muestran que eso es así. Dejando de lado sus continuos viajes y su vida llena de aéreos lujos, mencionemos que inauguró un museo que, si bien tiene como nombre "Museo de la revolución democrática y cultural", en realidad está dedicado al culto a su personalidad y cuyo costo es un verdadero escándalo en un país pobre: siete millones de dólares. Por su parte, en febrero de 2016 llevó al país a un referendo y cuyo resultado ha desconocido flagrantemente y construyó un nuevo palacio presidencial.
Como dijimos, las élites no gozan de apoyo ni popularidad en la sociedad boliviana. El tradicional igualitarismo boliviano siempre termina por derrocar a la élite encumbrada en el poder. Empero, no es suficiente que exista una élite ni el sentimiento contrario a ella. Hace falta que alguien active esos imaginarios y convierta la tendencia anti-élite en una organización dotada de discurso y proyecto político. La lucha de la ciudadanía por la defensa del 21 F demostró que el sentimiento de rechazo a una élite encumbrada en el poder existe. Hace falta alguien que transforme este rechazo en proyecto de recambio político.



