Los candidatos a gobernantes cuentan con seguros electores e intentan enganchar a incrédulos e irresolutos. El sector del autoritarismo recurre a dádivas para ese efecto. Los impulsores del régimen democrático consideran que un debate entre opuestos será decisivo. La contienda sugerida no fue aceptada por los postulantes de la ideología autoritaria y se efectuará exclusivamente entre quienes se oponen al credo verticalista. En atención a que en el pasado se produjeron también enfrentamientos entre iguales con un enemigo común, conviene no olvidar las enseñanzas de la historia.
En los últimos momentos de la guerra de la independencia, el sector promonarquía española se dividió entre partidarios del tradicional régimen absolutista caracterizado por la totalidad de poderes en la persona del rey, y los adictos a un sistema constitucionalista que propugnaban un gobierno de representantes del pueblo y un rey que sólo simbolice el pasado milenario.
Fue enconada la pugna en 1824 entre partidarios de la monarquía española, unos liderados por el virrey José de La Serna y otros por el general José Antonio de Olañeta. En pleno y duro combate entre ambas fuerzas, el general Simón Bolívar derrotó en la batalla de Junín a La Serna, quien, luego en Ayacucho, se rindió ante el general Antonio José de Sucre por no haber logrado obtener el auxilio de Olañeta. En ese caso la discordia entre quienes tenían un enemigo común benefició a sus adversarios.
En 1841, el presidente de la República, general José Miguel de Velasco, fue derrocado por el general José Ballivián. Poco después, el desplazado general se lanzó con un ejército de 1.200 hombres contra Ballivián para recuperar el sitial perdido. Casi simultáneamente se produjo la invasión a nuestro territorio de un ejército al mando del presidente de la República del Perú, general Agustín Gamarra, quien tenía el proyecto de unir ambos países. Poniendo el amor a la patria por encima del rencor, Velasco desistió de su intento de rebelión y puso sus soldados bajo órdenes de Ballivián quien, gracias a ese gesto, derrotó al invasor peruano en la batalla de Ingavi consolidando así la independencia de la República. En ese otro caso la concordia entre quienes tenían enemigo común perjudicó a su adversario.



