En más de una docena de años de administración masista, los bolivianos nos hemos acostumbrado a ver cómo se utiliza los recursos del Estado, que les pertenecen a todos los ciudadanos del país, en menesteres que, sin importar los justificativos gubernamentales, son, al final de cuentas, asuntos particulares.
El dinero de los bolivianos se ha gastado, por ejemplo, en construir un museo para ensalzar el ego del jefe de Estado —y hasta de sus familiares, si se toma en cuenta que se fundió un monumento de sus padres—, en imprimir cartillas y cuadernos escolares con su imagen y, como se denunció últimamente, en hacer algo muy parecido con la historia del MAS y su ascenso al poder.
¿De qué tendríamos que sorprendernos? ¿Acaso no vemos cómo se gasta todos los días cuando la tendencia en otros países va por otro lado? Desde México hasta Argentina, pasando por Ecuador, Paraguay y Uruguay, la tendencia de las administraciones presidenciales respecto del presupuesto destinado, por ejemplo, a los gastos de transporte de sus jefes de Estado se orienta a la austeridad.
En aquellos países, esa voluntad de reducir el dinero que se destina a los desplazamientos de sus gobernantes se traduce en decisiones como optar por los vuelos comerciales para los viajes internacionales de sus gobernantes y eliminar futuras adquisiciones de aeronaves destinadas al uso presidencial.
Y la austeridad en los gastos que realiza un jefe de Estado en sus desplazamientos puede llegar más lejos aún. Como ocurrió en Holanda, donde su primer ministro fue pedaleando desde su despacho hasta el palacio real, para entrevistarse con su monarca.
La actitud de este primer ministro corresponde plenamente al carácter holandés —tan amante del uso de la bicicleta— y al verdadero espíritu de servicio de funcionario público que es —lo mismo que cualquier presidente— y que, en su caso se evidencia en gestos tan simples como limpiar él mismo el café que derramó en el piso.
La voluntad de austeridad de aquellos cinco presidentes americanos está motivada, seguramente, por reducir el déficit fiscal que registra cada uno de sus Estados, igual que el nuestro.
En nuestro país, la vocación de servicio y la actitud de igualdad entre ciudadanos —sin necesidad de cartelitos que nos la recuerden— son extranjeras. Como el primer ministro holandés que limpia el suelo que ensucia y, seguramente, también rehace el nudo desamarrado del cordón de su calzado.
Y, claro, lo que cuesta al Estado el desplazamiento y transporte del primero y más importante de los funcionarios públicos, nuestro Presidente, no es un asunto que vaya a cuestionarse.
No es que el Primer Mandatario “…se va de fiesta... ni está ahí paseando”, respondió —sin ironía—, el ministro de Defensa cuando la prensa puso en cuestión el elevado costo que significan los desplazamientos del presidente en helicóptero, incluso en tramos tan breves
como el que separa la presidencia presidencial de San Jorge de la Casa Grande del Pueblo, la nueva sede de la Presidencia, dotada de un helipuerto.
Los vuelos en helicóptero no son exclusividad del presidente. No. Son también un privilegio del vicepresidente… y de su pequeña hija, como todo el país pudo constatarlo en esas tiernas imágenes que muestran al segundo hombre más importante del país en afanes de amoroso padre de familia, bajando de un helicóptero del Estado, cuyas operaciones, combustible y mantenimiento las paga el erario público.
Pero hay un detalle más: la mayoría de los viajes del presidente son para entregar obras que, al final, como se está viendo ahora, fueron y son propaganda para su reelección. Eso también lo pagamos los bolivianos.



