En el ambiente prelectoral no se advierte a ninguno de los líderes políticos con un carisma que cautive a las masas, que despierte emociones, arrastre multitudes y tenga la capacidad de convencimiento hacia sus planes de gobierno.
De otra manera, o es el pueblo que no está interesado en las próximas elecciones y mantiene un letargo que no es posible perturbar porque el escenario que se presenta no tiene mayores atractivos, novedades, expectativas que motiven inquietudes.
Los candidatos presidenciales no son nuevos, más bien representan o reviven experiencias pasadas, conocidos además porque en las últimas décadas estuvieron ligados al poder que ejercieron o ayudaron al desenlace de otros políticos que ya no están. Se tiene a un expresidente, un ex vicepresidente, varios ex miembros de la Asamblea Legislativa, exministros de Estado y otros exmagistrados que tuvieron su momento; pero su labor hacia la búsqueda del beneficio del pueblo no trascendió. ¿Excepciones? Difícil de avizorar.
El actual presidente Evo Morales tiene su carisma solo situacional, no puede ser de otra manera. Es visto en la coyuntura política e histórica que recogió aún lo hace del sentimiento de una masa poblacional que no tuvo parte ni suerte de manera directa en el manejo de las cosas de Estado a lo largo de la época republicana, próximo a cumplir dos siglos de existencia como país.
Cuando los usurpadores europeos llegaron a estas tierras, más los españoles que los otros, a los nativos no los tomaron en cuenta en su dinámica de caminar juntos; por el contrario, sólo los sometieron y hasta dudaron de su condición de seres humanos, la situación dura todo el tiempo del coloniaje.
Cuando aparecen las repúblicas, la situación de sometimiento no cambia para el nativo. Solo se mudan los amos, los criollos que se hacen poderosos y heredan las haciendas, los grandes territorios con servidumbre incluida que dejan los derrotados en las contiendas libertarias. Los verdaderos hijos de estas tierras tampoco tienen participación alguna en la construcción de un país.
En el caso de Bolivia, este devenir histórico dura más de cuatrocientos años hasta que recién en la década de los años 50 del pasado siglo se acepta como ciudadano al “indio”, que además fue utilizado como carne de cañón en la contienda bélica con el Paraguay conocida como la Guerra del Chaco, ocasión que da lugar a reconocer que existía una masa desvalida, sin educación ni instrucción alguna para ejercer ciudadanía.
Es ese grupo humano que ve en Evo, luego de tantos años, como su líder y su emancipador; pero hoy se advierte que la situación étnica, racial y política no ha cambiado en el escenario del país. Los que se han beneficiado de la coyuntura son mestizos medianamente leídos que se vistieron de campesinos para reunir masas y mostrar que ahora el gobierno es del pueblo.
No puede negarse que la inclusión educativa ha alcanzado a una masa de hijos de indígenas o nativos; pero una mayoría de éstos para arrimarse a la ciudadanía o han negado sus raíces o se han sometido a una otra forma de vida y no aparecen en el escenario político con discurso propio, capaz de proyectar un país diferente. Recordemos que los líderes de izquierda de los últimos años siempre provinieron de la clase media y luego se perdieron del escenario.
Evo Morales aprovechó hábilmente su origen indígena, su ancestro, y la gente de esas raíces, la mayoría en Bolivia, mostró una identidad aunque no declarada; pero hoy se siente defraudada porque los beneficiados al final resultan ser los mismos de siempre. Por eso, su carisma es sólo situacional.



