Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: miércoles 31 de julio de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Una de las características de todos los proceso electorales que se han desarrollado en nuestro país durante los últimos años es el afán con que unos candidatos exigen a otros debatir sobre sus programas de gobierno, mientras aquellos hacen cuanto esté a su alcance para eludirlos.
Como se podrá recordar, los desafíos a debatir como parte de las batallas proselitistas tienen su historia en la democracia boliviana contemporánea. Fue Gonzalo Sánchez de Lozada el primero en hacer de ese reto un factor de éxito en su exitosa campaña de 1993, cuando partiendo casi de la nada llegó a ganar la elección. La base de su ofensiva fue desafiar a un debate al Gral. Banzer y éste, empeñado en evitarlo, fue cayendo vertiginosamente en las intenciones de voto. Exactamente lo mismo pasó en 2002, sólo que esa vez la víctima fue Goni y su retador Manfred Reyes Villa.
Jorge Tuto Quiroga quiso hacer lo mismo en 2005, y ya sabemos cómo le fue. Y con muy ligeros matices, la historia se repitió en 2009 y 2014.
Ahora, es el candidato de Comunidad Ciudadana, Carlos Mesa, quien ha decidido basar su estrategia alrededor del mismo tema.
Cuando los candidatos hablan de debatir se refieren a una sola cosa. A que el país los vea confrontar sus respectivas propuestas ante las cámaras de televisión. Olvidan que los debates que en realidad definen las inclinaciones de quienes no tienen definido su voto con anticipación son los que se realizan todos los días en los más diversos escenarios, en las charlas cotidianas de la gente, en las sobremesas, entre amigos en toda reunión social, en medios de transporte público, en las calles y plazas donde la gente intercambia opiniones sobre la política nacional.
Los temas alrededor de los que giran esos debates no son fruto del azar. Son el resultado de una agenda temática que resulta de las iniciativas, de las acciones u omisiones de los candidatos y sus asesores. Definir esa agenda, hacer que la gente hable de unos temas y no de otros tendría pues que ser la base de una buena campaña proselitista. Quien tome la iniciativa lleva las de ganar.
En el caso de la campaña que se inicia, la iniciativa sigue en manos de la fórmula oficialista. Con la misma habilidad con que lo ha hecho durante los últimos años, consigue dirigir la atención colectiva hacia unos asuntos y desviarla de otros.
Así, el oficialismo logra que los medios de comunicación, y tras ellos la ciudadanía atiendan los temas que le convienen y no atienda los que no le convienen. Y la oposición, por lo menos por ahora, se deja llevar al territorio escogido por su rival y no consigue dar el golpe sobre el tablero que necesita para llevar las aguas hacia sus propio molino.



