Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: miércoles 24 de julio de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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¿Recuerdan aquella famosa imagen en la que Hugo Banzer aparece secundado por Víctor Paz Estenssoro del MNR y Mario Gutiérrez de la FSB?
Sucedió que estos dos partidos “enemigos históricos” coincidieron en apoyar la primera dictadura sudamericana amparada en la “Doctrina de Seguridad Nacional” de la década de 1970. Con ambos partidos Banzer pretendió darle un cariz de apoyo político-civil a su régimen autoritario, arguyendo que tenía el respaldo de los “sectores mayoritarios de Bolivia, esencialmente nacionalistas y cristianos”.
Entonces, era ilógico que componentes del MNR “unificado” (incluyendo la facción de Paz Estenssoro), se rasgaran las vestiduras hablando contra los autoritarismos, siendo que ese partido proporcionó algunos de los hombres más fieles al “banzerismo”, tal es el caso de Guillermo Fortún y de Alfredo Arce Carpio. Sin embargo, en un país sin memoria esa retórica pasó como coherente.
Algo similar ocurrió cuando se cruzaron los ríos de sangre y el MIR, partido cuyo embrión se gestó durante la efervescencia revolucionaria entre 1970 y 1971 y que acabó de nacer en plena represión y persecución militar, se alió con Banzer y sus esbirros. Se conformó el Acuerdo Patriótico, lo que después posibilitó que el otrora déspota se convirtiera en el “dictador elegido”, como dice Martín Sivak.
Incluso tuvimos que presenciar el indignante espectáculo de un exdictador sepultado con homenajes y honores y sin que haya respondido por uno solo de los delitos que se le imputaron. Se confirmó el precio altísimo de la transición democrática que, en América Latina, se tradujo en el entierro parcial o total de la memoria histórica a nombre del “perdón”, la “concertación”, la “reconciliación” o el pragmatismo. En Bolivia se intentaron saldar las culpas encerrando –y en cárcel de oro– a uno de los tiranos, pero enalteciendo y premiando al principal, porque, finalmente, el régimen delincuencial de García Meza, no fue más que la continuación del banzerato.
Esos pasajes de nuestra historia dan cabal cuenta de un fenómeno que insiste en no mermar: La política partidaria nacional tiende a distorsionar el ejercicio de lo político, lo despoja y reduce a simple y llana toma del poder a toda costa, no importando las ideologías, las convicciones, los proyectos, los muertos y los vivos. Y, lo que es peor, la “ciencia” de la política partidaria boliviana apunta a la perpetuación en el poder; como el enajenado Gollum de Tolkien, nadie quiere soltar el anillo.
Estos días respiramos esa propensión en buena magnitud. Para asegurar sus listas de candidatos/as, los partidos parecen estar dispuestos a todo y a cualquier cosa. ¿Y qué tenemos? Para variar, “dirigentes” acusados de corrupción, transportistas, misses, futbolistas. En las mismas filas a feministas y a curas públicamente retrógrados. Alianzas basadas en el inmediatismo electoral. En semejante panorama, ¿habrá suficientes candidatos/as que tengan idea de administración pública? ¿Será tan remoto contar con una burocracia pública profesional que se haga cargo de una gestión seria e institucional?
Otro aspecto a resaltar es la tozuda y patética pervivencia del caudillismo. Las campañas giran en torno a la imagen de los candidatos presidenciales, tal vez queriendo saciar la sed de “salvadores” que reclama la propia comunidad. Y es que con el magnífico ejemplo del culto enfermizo al Presidente, aparentemente en Bolivia no podemos esperar nada mejor que emuladores de héroes-benefactores y sus adictos.
¿Algo más? Ah sí, continúan las fotitos con candidatos de sonrisas blancas, las serviles y adulonas proclamaciones con guirnaldas, el show de los críos en brazos. ¿No se aburren?



