Medio: El Día
Fecha de la publicación: martes 02 de julio de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Uno de los pioneros en la química aplicada fue sin duda el suizo Albert Hofmann, quien además de descubrir y experimentar con la dietilamida de ácido lisérgico (LSD), acuñó una frase por demás esclarecedora a propósito de las bondades bioquímicas: “La diferencia entre un veneno, una medicina y un narcótico es sólo la dosis”. Esta perspectiva resulta esclarecedora cuando en la fauna sociopolítica boliviana encontramos a especímenes como el ejecutivo de la Federación de Campesinos del Norte de Potosí, Ever Rojas, quien aludiendo a la dialéctica q’aras versus los “buenos” descendientes de Tomás Katari, nos convoca a una reflexión sobre la dosis de fanatismo que existe en los militantes acérrimos al actual gobierno, para exponer en palabras los íntimos anhelos de los actores sindicales que desean entrar en la arena política electoral actual.
En el prefacio de la obra el Antimaquiavelo o la versión personal comentada de Federico II de Prusia, se endilga al escritor florentino de haber creado un veneno que circula a raudales y por las erradas versiones termina causando un efecto por demás negativo, cuyo autor busca subsanar con el antídoto correcto, su versión. En nuestro caso, ¿qué antídoto precisamos para devolver a la racionalidad la práctica política y sobre todo, la decepcionante calidad argumentativa de los llamados líderes sociales? Es imprescindible reconocer que no existe profesionalismo en la praxis política, caso contrario, será un optimismo falaz e ingenuo el que guíe cualquier otro razonamiento.
Cuando Ever Rojas intenta maquillar su andanada verbal denominándola de metáfora, no hace sino ampliar su pensamiento; encontrando una analogía en la forma en que todos fuimos envenenados por la rancia política del MAS, que capturó democráticamente el poder y desperdició la oportunidad de hermanar Bolivia, reencontrar la conciencia nacional en un nuevo liderazgo; ¿qué se hizo entonces? Se infectó de polarización a la sociedad boliviana, re-creando eso que el historiador beniano José Luis Roca designó como historia de nuestras luchas regionales, que ya no se quedaron en la división regional como eje explicativo, sino que se transformó en una pandemia que de tan propagada que está, ya es parte de la normalidad política.
Lo necesario, lo vital, siempre será construir, no destruir, sin embargo, en la materialidad y el discurso, vivimos plagados de la política confrontacional donde construir al enemigo es parte de aprovecharnos de la ignorancia social; donde el elemento identificativo es la negatividad; verbigracia, envenenar=matar; pero mientras se busca eliminar al adversario político, lo que se destruye es el país, pues lo “anti”, lo oscuro o cualquier denominativo enrarece al país, lo dilata en una retórica sin sentido, que favorece a los caudillos encaramados en los polos opuestos. Por ello debemos ser proactivos, cimentar algo, desde las palabras hasta lo que de verdad importa: los hechos. Envenenar la política es matar la sociedad, si se lo hace en campaña en vez de edificar, lo que se viene no es nada promisorio.
El veneno político nace entonces de la dinámica barbarie-civilidad, ¿por qué? Porque no es solamente descartar al otro, sino que desde la campaña electoral se amenaza, se escupen palabras pero se matiza a través de los medios de comunicación –con una carga fuerte de viralización en redes sociales –y la grandilocuencia del legalismo escondido en derechos, donde no se analiza el fondo sino solamente la forma. Es el caso donde ciertos razonamientos defensores de los otrora excluidos –los indígenas –se ponen a la orden de disimular lo que quisimos decir, lo que quisimos hacer.
Por ello, el momento del compromiso ciudadano no tiene una hora determinada, es siempre pertinente hacer una pausa y reflexionar sobre el contenido de las palabras que van y vienen al calor de las contiendas electoralistas, donde no se mata al enemigo político, ya sea con palabras o acciones, sino que se descarta el alma de la ciudadanía que acude impertérrita ante su propio flagelo. Una opción es digerir las palabras –tragarlas – sin analizarlas, la otra es pasar esos deslices lingüísticos por el tamiz de la inquietud racional. Usted ¿qué hará?



