Medio: La Patria
Fecha de la publicación: sábado 09 de marzo de 2019
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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En sociedades altamente complejas como la boliviana (sin significar esta
complejidad anulación del espíritu de la nacionalidad), la soberanía
popular debe encontrar el camino de aplicación realista en la
intervención efectiva de un conjunto de miembros que asisten, participan
y deciden en conjunto. La historia, aun teniendo los ejemplos
progresistas del parlamentarismo británico y la ciudadanía de la
Revolución francesa, siempre ha sido ingrata con la democracia, y es que
la toma de decisiones ha estado invariablemente subyugada a la lógica
corporativista. Si en la Edad Media eran los clanes, las cortes y los
prelados; si en los siglos XVIII y XIX fueron la burguesía y las logias,
en el siglo XX fueron las federaciones y los sindicatos, que coparon la
fuerza decisoria en una cámara inaccesible para aquella persona que
aportaba a la edificación de su país, pero desde una posición
equidistante y poco visible. Esto es, en síntesis y si hablamos con
Habermas, elitismo democrático.
Bajo tales circunstancias, la
ampliación de la posibilidad de la toma de decisiones públicas para
entes particulares y la descentralización de la publicidad política, se
han ido haciendo con los años menesteres inaplazables, y aunque esto
conduzca a una intensificación del pluralismo social y de necesidades, y
por ende a una complicación social general, la necesidad se ha ido
haciendo un imperativo.
Pero lo que debe la sociedad en su
conjunto buscar ahora no es la eliminación o la supresión del
corporativismo político, ni una lucha de poderes que quieren
superponerse el uno al otro, sino un paralelismo de dimensiones que, a
la vez, estén entrelazadas. Una convivencia de fuerzas de poder. El
sindicato y la federación deberán seguir canalizando los intereses de
ciertas clases sociales y el partido político clásico deberá seguir vivo
en la arena del sistema político. Pero a esa lógica política de
intereses, disputas y demandas, deberá añadirse el interés ciudadano
particular, que no está encasillado en ninguna de esa clase de
organizaciones. De lo que se trata es de apuntalar sistemas de
organización política cuyos poderes o gobiernos respeten las demandas
que no están representadas en las corporaciones. Un agricultor burgués,
un minero no sindicalizado, un arquitecto no colegiado, un abogado no
afiliado a ninguna institución, pues, también tienen demandas que el
gobierno debe escuchar.
¿Pero cómo lograr este fin? El esfuerzo
no debe partir tanto de los ciudadanos que pretendan ejercer la
política, cuanto del gobierno que escuche a la ciudadanía. El ciudadano
ya está, pues, en la capacidad de levantar su voz para hacerse escuchar.
El reto está en que los gobiernos asuman una nueva psicología política
que les permita tomar en cuenta a la ciudadanía en general como un actor
político de demandas y propuestas que contribuyan a la edificación de
una sociedad con mayores posibilidades de realización en todo sentido.
Y
así, ¿qué función verdaderamente significativa tendrían los
parlamentarios, al ser ya la ciudadanía portavoz de su misma voz? El
parlamentarismo seguirá teniendo una importancia capital, así como la ha
tenido a lo largo de la historia actuando al lado de las corporaciones.
Es más, incluso adquirirá mayor jerarquía, ya que sus elementos deberán
ser seleccionados de acuerdo con un criterio de méritos aún mayor,
porque deberán ser aquéllos quienes hagan buenas leyes con base en las
demandas del ciudadano. Entonces, la actividad parlamentaria se
circunscribirá en la legislación.
Ésta es la única forma de
canalizar y efectivizar las fuerzas que se están midiendo en el espectro
político general de las sociedades políticas de nuestros días.



