Medio: Ahora el Pueblo
Fecha de la publicación: lunes 03 de diciembre de 2018
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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En coro, los frentes opositores demandaron la suspensión de las elecciones primarias programadas para el domingo 27 de enero de 2019. Dicen que por el hecho de que al cierre del plazo electoral se inscribiera un binomio por partido y/o alianza política ya no sería necesario el voto de los militantes para elegir al candidato que los representará en las elecciones generales de octubre del próximo año.
El planteamiento opositor parecería ser fruto de un sereno análisis político, pero en realidad es parte de una estrategia desestabilizadora de la democracia y atentatoria contra el derecho de los militantes de base a elegir con su voto al postulante presidencial de su partido, y busca preservar el dedazo del jefe político para imponer su candidatura.
En ese contexto, si para el vicepresidente de Goni y candidato de la alianza CC, Carlos Mesa, las elecciones primarias “no se deberían realizar” porque “no hay competencia interna, el padrón (electoral) no es creíble y es una dilapidación de dinero”, para Jaime Paz Zamora (PDC) son “una gastadera de dinero, una estupidez y un fraude”.
Y mientras el postulante de UCS —que como vicepresidente también gobernó con Goni— Víctor Hugo Cárdenas opina que las primarias “están por demás” porque “no fortalecen la democracia interna de los partidos” y tienen como objetivo “habilitar de facto al binomio oficialista”, el vicepresidenciable de Demócratas, Edwin Rodríguez, sostiene que las primarias “no tienen sentido”.
Sin duda, argumentos que desnudan la orfandad política en la que se debate una oposición perdida en sus propias contradicciones, una oposición que necesita del escándalo y del ataque artero al presidente Evo Morales para sobrevivir y cimentar su falaz discurso desestabilizador de la democracia boliviana.
Ahora bien, ¿por qué la oposición neoliberal rechaza las elecciones primarias? Porque es un duro golpe a los dueños de partidos políticos y a la rancia clase política que desde siempre gobernó Bolivia hasta la llegada al poder del presidente Morales.
Es por eso que el neoliberalismo trata de convencer al pueblo de que las primarias “no son necesarias” porque son “una dilapidación de dinero”, cuando en realidad son un mecanismo de institucionalización de los partidos políticos y agrupaciones ciudadanas, y, por lo tanto, fortalecen la democracia.
Es una incongruencia que en un país democrático como Bolivia, las organizaciones políticas que pretenden representar los intereses del pueblo sean regidas por estructuras verticales, jerárquicas y totalmente cerradas a la toma de decisiones.
El ejemplo más claro de esta afirmación es el dueño de Unidad Nacional (UN), Samuel Doria Medina, quien, tras fracasar en su intento de imponer su candidatura presidencial a la alianza Bolivia dice No, conformada con los Demócratas de Rubén Costas, no tuvo mejor idea que disolver el pacto político y sin consultar a nadie decidió que UN no participe en las elecciones de 2019. Es el berrinche del niño rico que abandona el juego y se lleva la pelota.
Ésta es la rancia oligarquía nativa, sumisa al imperialismo, la que ahora denigra las elecciones primarias porque este ejercicio democratizador de las estructuras partidarias atenta contra sus intereses corporativos.
En ese contexto, es innegociable el derecho de los militantes de base de los partidos y/o frentes políticos a participar en las elecciones primarias, porque favorecen la renovación política, tanto de los cargos electos y candidatos como de los órganos de gobierno interno de cada partido, para terminar con el servilismo y el patronazgo.
Las elecciones primarias legitiman el liderazgo político, que no puede ser impuesto, y los líderes deben ser elegidos, las listas deben ser seleccionadas por las bases y la ciudadanía, y no impuestas a dedo por las cúpulas partidarias como siempre ha ocurrido en Bolivia.
Refuerzan y canalizan el liderazgo social y cuestionan la selección a dedo que utilizan los partidos tradicionales, lo que impide y obstaculiza la movilidad vertical interna y la selección externa basada en criterios meritocráticos.
Las elecciones primarias fortalecen a los candidatos frente a los partidos, aumentan la participación y la confianza, y en muchos casos refuerzan e incrementan el número de militantes y simpatizantes.
Y más allá de lo que opinen los Mesa, Paz Zamora, Cárdenas y demás tucuimas, las elecciones primarias amplían los procesos deliberativos internos de los partidos y agrupaciones políticas y, por ende, fortalecen la calidad de la democracia. Así de claro.