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Medio: El Deber
Fecha de la publicación: domingo 02 de diciembre de 2018
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Si Bolivia va de tumbo en tumbo en su proceso democrático, con riesgo de caer en una de sus peores crisis desde la recuperación de la democracia en 1982, la culpa ya no es solo de la cúpula que gobierna al país desde enero de 2006. Sin restarle ni un ápice a la cuota de responsabilidad que tiene el MAS en el retroceso democrático que estamos viviendo desde hace casi dos décadas, urge reconocer hoy las otras cuotas que continúan sumando acciones negativas y contrarias al ideal que alimentó a las luchas políticas protagonizadas por una generación de líderes y activistas que se jugó la vida por la democracia en Bolivia en los años 70 e inicios de la década de los 80.
La urgencia la plantea la coyuntura actual, marcada por el paso atropellador de la cúpula gubernamental, que amenaza consolidar un nuevo y decisivo golpe a la débil democracia boliviana. Ese golpe ha sido anunciado con la aprobación de una ley de organizaciones políticas ajustada a los intereses prorroguistas de los jefes del MAS, y está a punto de ser consolidado con la realización de elecciones primarias, vergonzosamente adelantadas en nada menos que cinco años. No extraña en absoluto la actuación del oficialismo. A trece años de ejercicio del poder, nadie puede mostrarse sorprendido por su abusivo accionar. Lo realmente preocupante y vergonzoso es la actuación de quienes se dicen contrarios.
Preocupa de manera especial la actuación de los actores políticos de oposición. Tanto de los que tienen representación partidaria en los diferentes niveles de gobierno, como de los que no la tienen, pero que igual juegan roles importantes en la política nacional. Todos ellos han decidido entrar al nuevo juego del MAS, el de las elecciones primarias, sin otro argumento que el poco convincente de que pierden si no se meten al mismo. Ahora, presionados por la dura realidad, han comenzado recién a reclamar y hasta a criticar tales primarias, insinuando incluso que deberían ser suspendidas. ¿Por qué ahora y no cuando urgió hacerlo, tras la anunciada y acelerada aprobación de la LOP?
Resulta difícil creer que no percibieron, hace un mes, de qué iba la tal ley y qué era lo que estaba en juego. Difícil creer también que solo hoy perciben que no hay árbitro confiable en el Órgano Electoral, ni en el Tribunal Constitucional, ni en otro poder del Estado. Más difícil aún es creer que confiaban que solos, cada uno por su lado e improvisando siglas, alianzas y candidaturas, podrían enfrentar a la fiera que no ha dejado de afiliar sus garras, de aullar anticipando sus zarpazos y, menos aún, de dar garrotazos mortales a cuantos se resistan a doblar la cerviz ante ella. Imposible creer en tanta ingenuidad entre quienes no han dudado en jactarse de ser viejos lobos de mar. Varios de ellos, incluso, parte de esa generación que luchó por la recuperación de la democracia en 1982.
La percepción ciudadana es que, hasta hoy, ninguno de esos actores ha sido honesto en su posición. Hablo de los jefes, de los líderes de partidos políticos o de las organizaciones ciudadanas, como quieran llamarles. Por lo visto hasta ahora, sobre todo en los últimos meses, da para deducir que hay una maraña de intereses sectoriales y hasta personales que es la que está definiendo el curso de los acontecimientos políticos en el país. Unos intereses que nada tienen que ver con la democracia en Bolivia y que parecen estar más a tono o en sintonía con los que ostenta la cúpula del MAS. Razonando fríamente, da para reafirmar la sospecha de que confabulan entre sí y de que son funcionales al proyecto prorroguista y antidemocrático del partido de gobierno.
Amalaya estuviera errada en mis percepciones, compartidas con muchos otros en estas semanas difíciles. Ojalá todo no pasara de apenas malos pensamientos, como ya lo han señalado algunos de los afectados por estas sospechas generalizadas. El tiempo dirá luego si todo esto no pasa de ser solo una racha de malentendidos. Por ahora, sin embargo, no hay nada que pueda convencernos de que no hay razones para preocuparse con el futuro inmediato de la democracia en Bolivia. A propósito, ¿a quiénes les importa de verdad la continuidad democrática en el país?, ¿a quiénes les preocupa el retorno de los regímenes dictatoriales?, ¿cuántos están dispuestos a defender la vida en y con libertad? Veremos.



