Medio: El Deber
Fecha de la publicación: jueves 01 de noviembre de 2018
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Las experiencias políticas en nuestro país no siempre han sido buenas para la mayoría de los bolivianos, en cuanto a cambiar las estructuras que nos mantienen en una crónica situación de atraso. Hemos acumulado en el tiempo problemas irresueltos que, como lastre, impidieron vernos como realmente somos y estamos por mirar el pasado y ‘sortear’ las dificultades del presente.
Cada gobierno se concentró en corregir lo que consideraba erróneo del anterior, con medidas generalmente más de forma que de fondo, marcadas por lo inmediato, sin pensar y menos afectar lo anacrónico, lo innecesario e insubstancial. Los pocos ejemplos contrarios que hubo fueron inconclusos por la prevalencia de lo urgente en la coyuntura presente o se orientaron a un quehacer empeñado en la supresión total de los adversarios, naufragando así los grandes objetivos.
Hubo tiempos en que la población creyó que la solución a nuestro crónico atraso podía cambiar reemplazando el perfil del político en los órganos públicos, girando su mirada hacia ‘caras nuevas sin pasado político’, que se conjugó en las agrupaciones ciudadanas y los diputados uninominales, fuera de la hegemonía de los partidos.
El resultado fue más grave aún en muchos de sus rasgos, al dar lugar a una copia de los partidos, a personalismos y ejercicios anodinos, carentes en la obligación de conocer y comprender la complejidad del aparato público y falta de pertenencia, optando muchos por el avieso camino del tráfico de su adhesión. Por su parte, los partidos políticos perpetuaron la cultura del caudillismo y el patrimonialismo político de jefes y camarillas cerradas, sin desarrollar los recursos de la democracia, el contacto con el pueblo, la democratización y el debate interno, y la visión estratégica en la formulación de sus propuestas y decisiones.
En suma, la inteligencia política colectiva no ha sido capaz de elevarse por sobre el inmediatismo para liderar un proceso de verdadero y profundo cambio del país que necesitamos ser, con una población pequeña en un territorio grande, con ingentes y variados recursos naturales renovables y no renovables, una ubicación geopolítica privilegiada, una tecnología disponible para ser aprovechada y una población sedienta de saber, inclusión e integración, que volcadas al potenciamiento de una sinergia virtuosa podrían revolucionar nuestros atávicos patrones tradicionales. Si al presente, lográramos visibilizar con más honestidad y menos egolatrismo, un Proyecto País que articule tales principios y convoque a todos, aun manteniendo diferencias, recién podríamos renovar la esperanza. Mientras esto no suceda por el lastre de los anacronismos, seguiremos atascados en más de lo mismo.



