Medio: Ahora el Pueblo
Fecha de la publicación: jueves 01 de noviembre de 2018
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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La proximidad de las elecciones primarias para elegir los binomios presidenciales que terciarán en los comicios de octubre de 2019 ha configurado un escenario que provoca la urgente, como necesaria, revisión de la historia política de Bolivia, por lo menos la de los últimos 50 años. Más cuando reaparecen en el escenario nacional viejas siglas partidistas que tienen —por decir lo menos— un controvertido pasado y expresan una práctica signada por el pragmatismo a ultranza.
Hay partidos que se prestaron a todos los gobiernos de turno. O mejor, se acomodaron como pudieron en niveles de la administración estatal y se dieron modos para tener presencia en alguno que otro curul parlamentario al calor de acuerdos y distribución de cuotas de poder. En algún momento, algunas de esas fuerzas políticas encajaban perfectas en la concepción de los llamados “taxi-partidos”, debido al tamaño al que habían llegado tras múltiples y reiterados fraccionamientos.
La democracia de los cupos y del cuoteo (en tiempos neoliberales) terminó por degenerar la práctica política, que se vio marcada por el pragmatismo alejado de todo escrúpulo o principio político ideológico. Ejemplos en esa dirección sobran.
En ese marco, vale la pena hacer una revisión de lo que fueron agrupaciones como el Frente Revolucionario de Izquierda (FRI) (que hoy postula a Carlos Mesa), que de posturas ultraizquierdistas vinculadas incluso a la “lucha armada” pasó a ser un actor funcional de la democracia pactada, llegando incluso a subordinarse a partidos de derecha como Acción Democrática Nacionalista del general Hugo Banzer. Todo por cargos, nada por principios y menos por ideas.
Algunas tiendas menores como el PDC se sometieron dóciles y silenciosas ante quien ofreció mejores ventajas. En realidad, se trataba de una entidad política ausente para la opinión de la mayoría de los ciudadanos que no sabían de dónde aparecía esta sigla, pero que se fusionaba a alguna coalición de conveniencia y que se conformaba al calor del juego electoral. Un juego convertido en un mercadeo de intereses con el fin de crear “mayorías relativas” para compartir (gozar) el poder. En realidad, la democracia pactada —que dio lugar a gobiernos de coalición— fue la sumatoria de minorías partidistas, a las que sólo les quedaba adherirse a algún caudillo de moda o perecer. Tal manía hoy persiste.



