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Medio: El Deber
Fecha de la publicación: miércoles 13 de agosto de 2025
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Este método no es nuevo. En 2016, Donald Trump lo perfeccionó en la arena internacional: en vez de responder preguntas legítimas, atacaba a los periodistas y minaba la confianza del público en las instituciones mediáticas. Hoy, en Bolivia, la estrategia se repite con mayor alcance y rapidez gracias a las redes sociales, en un país urgido de soluciones y no de nuevas dosis de mentira y manipulación.
Muchos analistas han descrito a la desinformación como el “quinto jinete del apocalipsis”, sumándose a la guerra, la muerte, el hambre y la peste. La imagen es potente: la mentira, al igual que las otras plagas bíblicas, destruye comunidades y devora la confianza colectiva. Hannah Arendt advertía que, cuando la verdad factual es sistemáticamente atacada, la capacidad de la sociedad para pensar y decidir se erosiona. George Orwell, por su parte, recordó que “el control del pasado” —y de la información— define el control del presente.
En Bolivia, la democracia cumple 42 años. Han sido décadas de avances y retrocesos, de reformas y crisis, pero siempre con el voto como herramienta fundamental para dirimir nuestras diferencias. Esta elección se desarrolla en medio de una grave crisis económica, con una inflación contenida a fuerza de reservas menguantes, escasez de divisas y un deterioro institucional que ha debilitado la confianza ciudadana. A ello se suma la posibilidad inédita de una segunda vuelta electoral, que podría redefinir el mapa político.
Ante este panorama, la responsabilidad individual se vuelve crucial. Un voto meditado y consciente no es solo un derecho, sino un acto de defensa de la democracia. Hay que votar por propuestas viables, no contra personas; por convicciones, no por el miedo o el odio inducido. Como señaló John Stuart Mill, la libertad política solo se sostiene cuando la ciudadanía ejerce su criterio con independencia y conocimiento.
La desinformación no es un simple ruido de fondo: es un cáncer que corroe las bases del sistema democrático. No basta con indignarse; es necesario contrastar datos, escuchar a más de una fuente y rechazar el contenido manipulado, venga de donde venga. La democracia se fortalece cuando se construye sobre hechos, no sobre ficciones diseñadas para polarizar.
Bolivia enfrenta un momento decisivo. La historia muestra que, pese a sus defectos, la democracia sigue siendo la mejor forma de gobierno, porque permite corregir rumbos sin derramamiento de sangre. Hoy, más que nunca, toca preservarla de las mentiras que buscan envenenarla. El domingo 17 de agosto, la decisión estará en manos de cada ciudadano. Que sea un voto informado, firme y esperanzado, porque el futuro de nuestra convivencia depende de ello.
Defender la democracia implica más que acudir a las urnas: exige mantener la vigilancia después del conteo de votos, exigir transparencia a las autoridades y proteger la pluralidad de voces, incluso aquellas con las que no coincidimos. La salud de un sistema político se mide no solo por la cantidad de votos emitidos, sino por la calidad del debate público que los precede. Si permitimos que el quinto jinete —la desinformación— cabalgue sin freno, no serán necesarias la guerra, la peste ni el hambre para debilitarnos: nos habremos rendido por dentro.



