Medio: El Deber
Fecha de la publicación: domingo 13 de julio de 2025
Categoría: Institucional
Subcategoría: Tribunal Supremo Electoral (TSE)
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Contenido
Incluye datos de huellas dactilares, fotografías y otros elementos de identificación únicos que permiten depurar, actualizar y blindar el sistema electoral frente a la suplantación de identidad, el doble voto y otras distorsiones que en el pasado pusieron en entredicho la confiabilidad de las elecciones.
Gracias al trabajo técnico del Órgano Electoral y a los cruces periódicos con entidades como el Servicio de Registro Cívico (Serecí), el Servicio General de Identificación Personal (Segip), la Gestora Pública y los sistemas de salud, el padrón ha evolucionado para incorporar nuevas fuentes de verificación. No se trata de un mecanismo perfecto, pero sí de una herramienta robusta, mejorada progresivamente, y que ha sido auditada en diversos procesos.
Frente a este esfuerzo institucional sostenido, preocupa que el debate público esté siendo contaminado por narrativas conspirativas sin sustento. La afirmación de que existen “un millón de votantes fantasmas” en el padrón carece de evidencia documental o peritajes independientes que la respalden.
Aún más grave es que estas denuncias no han venido acompañadas de una participación técnica responsable por parte de quienes las formulan.
El Órgano Electoral ha abierto procesos de auditoría, verificación cruzada y observación plural que han sido ignorados o despreciados por actores que prefieren la denuncia mediática a la fiscalización documentada. En democracia, las dudas no se callan, pero tampoco se propagan irresponsablemente: se argumentan con pruebas y se canalizan institucionalmente.
Lo que sí exige atención urgente es la situación tecnológica del sistema que sostiene el padrón. El hardware y el software utilizados desde hace más de una década han llegado a su límite operativo.
El propio TSE ha advertido que este sistema será empleado por última vez en las elecciones subnacionales de 2025. Después de ese punto, el país enfrentará la necesidad ineludible de renovar su plataforma tecnológica.
En lugar de debilitar la confianza ciudadana con discursos apocalípticos, el sistema político boliviano debería estar encarando un proceso de modernización electoral. Si algo ha demostrado la experiencia internacional, es que la tecnología no es enemiga de la democracia, sino su aliada.
Bolivia debe mirar más allá del sobre, la papeleta y la tinta indeleble. El futuro no está en regresar a padrones manuales ni en alimentar sospechas, sino en explorar, con el debido cuidado y seguridad, opciones como el voto digital, los sistemas distribuidos de registro y las plataformas encriptadas de participación electoral.
El desafío no es menor, pero el país no puede quedarse anclado en los temores del pasado.
La democracia se construye con instituciones fuertes, con tecnología confiable y, sobre todo, con responsabilidad pública. No hay espacio para el cálculo ni para la pereza política.
Lo que se necesita ahora es visión, transparencia y voluntad de construir un sistema electoral moderno, seguro y legítimo.



