Medio: El Deber
Fecha de la publicación: lunes 07 de julio de 2025
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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A los que procesan y analizan las encuestas, les permite proyectar escenarios. Pueden anticipar derrotas, proyectar triunfos, hasta “empates técnicos”. Es, sin duda, una valiosa herramienta.
Aunque, claro, siempre habrá encuestas con otros objetivos, al margen del espíritu científico y con ciertos propósitos, como el de manipular e inducir al voto. No me referiré a este tipo de encuestas.
Ciertamente, en nuestro país, se puede observar la presencia de varias empresas encuestadoras, con mucha seriedad y prestigio internacional, que han acompañado, desde hace más de dos décadas, los procesos electorales. En el último tiempo, con exquisitas exigencias de rigor científico, supervisadas por Tribunal Supremo Electoral (TSE).
No obstante, hay un fenómeno que llama poderosamente la atención. En varios comicios, los datos de las encuestas previas a la fecha de las elecciones, difieren notablemente con el resultado final de las urnas. Esto ha sucedido, de modo mucho más pronunciado, en las elecciones presidenciales del 2005 y el 2020.
El 2005, la elección donde Evo Morales gana con el 53,74%, las encuestas previas subestimaron significativamente el porcentaje final. Si bien lo ubicaban en el primer lugar, como el candidato con mayor intención de voto, ninguna de ellas, se aproximó a esa victoria con mayoría absoluta. Los porcentajes de apoyo oscilaban entre el 30% y 40%. Si tomamos en cuenta el mayor, la diferencia con el resultado final es de casi el 15%. La cifra, es extremadamente elevada, considerando que el margen de error, en la ficha técnica, no supera el 5%.
El 2020, Luis Arce Catacora, candidato del Movimiento al Socialismo (MAS), luego de una terrible crisis política que derivo en la renuncia de Evo Morales y el gobierno transitorio de Jeanine Añez, extrañamente y de manera inesperada, gana con el 55,11%. Las encuestas previas, si bien lo posicionaban como el candidato con mayor intención de voto, nunca sospecharon la magnitud de la votación que finalmente alcanzó. La mayoría de los sondeos anticipaban una segunda vuelta con Carlos Mesa. Las encuestas más cercanas a la fecha de la elección, le adjudicaban alrededor del 40 al 42%. La diferencia con el resultado final fue, igualmente, considerable. Hablamos de un promedio, de entre 13 a 15 puntos porcentuales.
Claro, las encuestas casi siempre difieren hasta en un 5% en relación a los resultados finales. Esto sucede en la mayor parte del mundo. En Bolivia, empero, la diferencia, como hemos visto, es superlativa. Los porcentajes que reflejan las encuestas autorizadas, muestran una significativa diferencia con el resultado de las urnas.
¿Cómo se explica este fenómeno? Desafortunadamente, no existen aún investigaciones sobre el tema, que se ha convertido en una suerte enigma.
Intentando algunas respuestas, no encuentro otra explicación que la del “voto corporativo”, que no se manifiesta en las encuestas, porque está oculto.
Veamos de que se trata y cómo funciona. El “voto corporativo” es el voto que proviene de los sindicatos. De todos los afiliados a millares de sindicatos presentes en toda la órbita del país. De todos ellos, el “sindicato” más grande, en alcance, tamaño y militancia, es la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb). Dicen que, como una constelación de estrellas, está presente en todos los rincones del país.
Según estimaciones de sus propios dirigentes, tienen alrededor de 4 millones de afiliados a nivel nacional. La cifra podría haber variado, pero nos da una idea de su tamaño y magnitud. El tamaño del padrón electoral, redondeando cifras, alcanzaría a un poco más de 7,5 millones. Con esas cifras, entre sus afiliados, la Csutcb tendría más del cincuenta por ciento del padrón electoral. Obsérvese el potencial.
Veamos ahora cómo funciona el “voto corporativo”. La decisión y la línea política electoral se define en la cúpula. De ahí, baja a las Federaciones, Centrales y Subcentrales, hasta el último sindicato, de la última comunidad. Y, a través de cada sindicato, a todos los afiliados.
La decisión debe cumplirse orgánicamente. Ahora, si algún afiliado, no sigue la línea, la dictadura sindical lo condena como en los tribunales de la Inquisición.
Ciertamente, las encuestadoras no pueden medir esto. Está fuera de su foco y alcance. Sin embargo, vean la incidencia. Con el “voto corporativo”, en circunstancias normales, el que maneja los sindicatos puede ganar todas las elecciones. De ahí la importancia de controlar, en esta lógica corporativa, al “sindicato” más grande del país, la Csutcb. Obviamente, sus dirigentes, todos ellos cooptados, están en diversas reparticiones del Estado y en cargos sumamente importantes, a cambio de apoyo masivo de sus afiliados. Estos pueden ser usados, como ejércitos, sobre todo, en procesos electorales.
Si no estuvieran divididos, con este voto, más el de los empleados públicos, el candidato del MAS, Eduardo del Castillo, tendría la posibilidad de ganar la elección. Por ello, en absoluto, no se preocupan de sus bajísimos porcentajes de preferencia electoral, que ni siquiera llegan al 2%.
Obviamente, las encuestas no toman en cuenta ni podrían medir el “voto corporativo”. Ahí tiene origen, como he tratado de explicar, las diferencias significativas con los resultados finales.
Ojo, que este voto, más allá de la división al interior del partido de gobierno, puede replicarse el 17 de agosto.



