Medio: El Deber
Fecha de la publicación: domingo 02 de junio de 2024
Categoría: Debate sobre las democracias
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“Vengo acumulando muchas dudas sobre el contenido de esta especie de testamento que tantas veces me han inducido a publicar; he decidido finalmente hacerlo. Me dicen: tiene el deber de terminarlo, la gente joven está desesperanzada, ansiosa y cree en usted, no puede defraudarlos… Sí, escribo esto sobre todo para que los adolescentes y jóvenes, pero también para los que, como yo, se acercan a la muerte, y se preguntan para qué y por qué hemos vivido y aguantado, soñado, escrito o pintado”. Este pensar inicia el texto que Ernesto Sábato publicaría en 1998 con el nombre de Antes del fin. “No quiero morirme sin decirles estas palabras” les dice Sábato a los jóvenes. Sus frases encierran un grito, a momentos desesperado, pero siempre profundamente reflexivo: hay que hacer algo para salvar al mundo de la barbarie, la desolación y el desarraigo. “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria. Hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse”.
La idea de un tiempo perpetuo e interminable sería un absurdo. “La vida es un breve periodo de existencia que navega entre dos grandes inexistencias”, se ha escrito. No es entonces para nada obvio que el tiempo transcurra. Iniciamos algo imaginando que en el fin podremos dejar unas anotaciones de lo aprendido, y que al exponerlas dejarán espacio para que alguien las recoja y con su mejorada reflexión afinarlas necesariamente.
Antes del principio y después del fin qué, me pregunto constantemente. De seguro que en el tiempo de meditación que llega encontraré las respuestas, aunque un listado numeroso de ellas ya se ha puesto delante mío. De lo aprendido en el discurrir de los últimos tres años y medio de mi vida, tengo intención de marcar, públicamente, algunas conclusiones iniciales para ayudar a que se comprenda la importancia de disociar lo profundo de lo superficial. Las iré listando y detallando para dejar esclarecida la importancia de ellas:
1. Entendí que las sociedades no pueden comprenderse por medio de un número. La complejidad de los acontecimientos que hoy signan la vida de los bolivianos en sociedad no está representada por una estadística referencial y menos por una cifra. Antes que eso prevalece la pregunta: ¿por qué ocurre aquello y por qué hacemos lo que hacemos como sociedad, Estado y gobierno? Está también la otra pregunta imprescindible de ¿qué nos determina y qué nos moviliza? Eso antes que las expresiones numéricas.
2. Los grupos de adulones tienen una rareza que los caracteriza: son extraordinariamente rápidos para florecer y su velocidad es absolutamente proporcional al daño que producen. Cercan a los decisores, los desconectan de la realidad y los mantienen anestesiados mientras ellos estrujan su espacio de poder. Entonces acá la reflexión, cuando todo resuena a crisis, a dificultades que no desaparecen, a complejidad y sensaciones de fracaso, ese el momento de andar y caminar entre la gente, lejos de los comensales de la mesa chica, hablar con algún jubilado, conversar con los jóvenes, mirar los rostros de aquellos que si no entienden qué pasa, sí viven lo que sucede. Si quieres encontrarte no te separes de la gente, podría aconsejar.
3. Los dogmas tienen siempre el mismo final. El dogmático, en lo poco que conoce y sabe, cae preso de una rigidez que lo conduce a la obcecación, cautivo de dos ideas solo divisa en su paisaje político lo blanco o lo negro, el amigo o el enemigo, el mercado o el estatismo. Un maniqueísmo envenenado que encorseta a su actuar y al Estado en la imposibilidad de explotar el arte de la política: construir dialogando, dialogando para adaptar. Una frase muy borgiana advertía hace décadas: “sólo los muertos y los tontos no cambian”.
4. La democracia más fuerte es una democracia de diálogos y acuerdos entre quienes representan la diversidad de una sociedad plural. La construcción de consensos asume un nuevo significante: hoy se comprende como gobernabilidad. La plurinacionalidad debe expresarse ahora en una democracia de voces diversas, capaces de construir una convivencia pacífica entre bolivianas y bolivianos.
5. La economía posible para el tiempo venidero y para solventar el mal momento por muchos señalado, está en la reconducción y en el perfeccionamiento del modelo económico. Será permitido avanzar en un gran consenso nacional si pensamos en la necesaria asociación de mercado y regulaciones imprescindibles, empresas privadas y empresas nacionales estratégicas, seriedad fiscal y macroeconómica y reformas institucionales profundas en la organización del Estado.
La dicotomía estatismo y mercadismo está agotada. Se transformó en un debate sin fin, sin camino hacia la prosperidad y convivencia aceptable. Entre ambos modelos en disputa, emerge hoy el tercer y principal protagonista que los va a desplazar en importancia: la sociedad, que exige, necesita y demanda condiciones dignas tanto colectivas como propias de su condición humana. Eso, simplemente eso, es lo que hace y define a alguien como socialista. No el mercado, no el estatismo.
Antes del fin ya próximo, hay que mirar con calmo asombro cada crisis, a cada quien que busca el colapso de todo. Frente a ello, no es que existan caminos varios, solo uno: enfrentar con firmeza cada situación grave, una detrás de otra, nunca comprometiendo los principios, sino valiéndose de ellos. Afirmándose en las palabras y los hechos que ellos demuestren templanza y decencia, esa que en tiempos difíciles no debe desaparecer.



