Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: martes 07 de agosto de 2018
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Aunque dados los antecedentes y las circunstancias que precedieron a los actos conmemorativos del 193 aniversario de la fundación de nuestra república ya se podía prever que este año todo sería diferente en comparación con los 12 festejos anteriores, lo ocurrido ayer en Potosí ha marcado un hito que separa un antes y un después en lo que las fuerzas gubernamentales denominan “el proceso de cambio”.
“Agotamiento” es la palabra que mejor define la línea que separa el fin de una etapa y el inicio de otra. Un agotamiento que se expresa de muchas maneras. Una de ellas, la más significativa, ha sido el mensaje presidencial que, tanto por su forma como por su contenido, ha sido la mejor síntesis de lo que eso significa.
La manera abrupta como el Presidente Evo Morales lo dio por terminado apenas media hora después de haberlo iniciado es de por sí un dato de lo más simbólico. Y no sólo porque según el programa oficial estaba programado para durar al menos dos horas, sino porque solía alargarse hasta seis. Y el contenido, por lo poco que se llegó a oír, estaba proyectado para ser, sin mayores variaciones año tras año, una interminable repetición de datos estadísticos cuyo eje principal era una comparación entre la realidad boliviana anterior a 2006 y la actualidad.
Algo de eso intentó hacer el presidente Morales, pero desde los primeros minutos de su mensaje se hizo evidente la falta de correspondencia entre el libreto oficial y las expectativas del país que lo tenía que haber oído mediante la cadena impuesta para tal efecto.
De nada sirvió el descomunal despliegue de fuerzas oficialistas para montar en Potosí una escenografía alternativa a la realidad. Pudo más el vigor con que las voces críticas se abrieron paso entre la tramoya organizada para crear un ambiente de ficticia adhesión al “proceso de cambio” y a sus principales conductores.
Tampoco tuvo ningún efecto el discurso vicepresidencial, cuyo principal condimento fue, como ya es habitual, el forzado intento de reavivar antiquísimos sentimientos de rencor y venganza por las heridas abiertas durante la época colonial.
Lo ocurrido en Potosí es más significativo aún si se considera que no fue algo excepcional sino el más fiel reflejo de las distancias que se han abierto entre lo que dicen los discursos oficiales y lo que el pueblo boliviano espera oír. Una distancia que tiende a agrandarse con cada día que pasa y obliga a las fuerzas gubernamentales a reconsiderar su plan de acción.
Es de esperar que así lo entiendan, si no todas, por lo menos las corrientes oficialistas que aún conservan los vínculos con lo realidad necesarios para evitar seguir avanzando en el sentido equivocado de la historia.



