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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 25 de junio de 2023
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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En ciertas circunstancias, las divisiones internas de la clase política son útiles para desenmascarar los oscuros manejos del poder, comprender la lógica de los pactos clandestinos entre oficialistas y opositores (transformismo) y, prospectar los límites del secretismo de la tan deteriorada democracia. Incluso las escisiones imperialistas (Estados Unidos vs. China) sirven para entender los alineamientos a las democracias o hacia las autocracias.
En contextos de divisiones intrapartidarias e interpartidarias, el estudio y análisis de las caras del poder suele ser muy productivo debido a que se sacan a flote los “secretos de Estado” y la manipulación política con la que los politicastros ganan en privilegios y asimetrías. También salen a la luz los juegos de poder entre oficialismo y oposición que al acusarse mutuamente de la comisión de delitos muy graves cual si fueran piropos, ponen en evidencia la configuración de una clase política cínica y despreciable.
Por lo general la politología define a la clase política como “un cartel de las élites de los partidos” (Beyme, 1995:11) o, grupos organizados que intercambian privilegios. Desde hace tiempo, se sabe que kakistocracia significa el gobierno de los peores elementos de la sociedad, de los que menosprecian todo aquello que es políticamente correcto.
Para el profesor Michelangelo Bovero, la kakistocracia llega a ser el gobierno de los peores, la pésima república, aquella que concentra todos los males conocidos y suma todas las perversiones posibles “de las distintas especies, recogidas y combinadas juntas casi como si fueran ingredientes, no de una receta sanadora, sino de una fórmula venenosa: de un maleficio”. (Bovero, 2002: 144).
Pero la ekistocracia es un cuasi-concepto nuevo que implica también la descripción de un fenómeno nuevo: la degeneración de los políticos y de los gobiernos corruptos en una intensidad mayor, al mando de los más despreciables. El mismo Bovero caracteriza la ekistocracia con el superlativo de lo sumamente despreciable, de lo muy malo (los malvados que hacen daño) o lo muy negativo (lo que no tiene valor, lo despreciable) (AFmedios.com. 21 mayo 2018).
El politólogo alemán Klaus von Beyme se encarga de recordarnos que el pensador italiano Gaetano Mosca dejó en claro que “los mejores y los más aptos para dominar un país no eran los mejores elementos ni intelectual ni, sobre todo, moralmente”.
Es precisamente sobre estas lógicas de la mala política dominada por los peores y practicada por politicastros despreciables y, las respuestas de rechazo ciudadano hacia ellos expresadas en la antipolítica que urge ser explicado a partir de las viejas/nuevas caras que muestra la clase política.
En estos tiempos de precariedad política y de baja calidad de la representación, ¿quién no siente repugnancia por las maquinaciones de la clase política contaminada por la polarización, el populismo y la posverdad? ¿Quién no siente la tentación de gritar abajo los partidos, viva el autogobierno?. ¿Cuáles son las viejas/nuevas caras del poder?.
Las caras más conocidas con las que ejerce el poder la clase política son la coerción/manipulación (Schmitter y Blecher, 2022). Veamos dos caras del poder: decisiones/no decisiones (Bachrach y Baratz, 1962), tres caras: poder con toma de decisiones/poder sin toma de decisiones/poder ideológico (Lukes, 1973), cuatro caras: producción de sujetos/acompañado de resistencia/conocimientos entrelazados/ insidia totalizante, individualizante y disciplinaria (Digeser, 1992), cinco caras: explotación/marginación/carencia de poder/imperialismo cultural/violencia (Young, 1990) y, nuevas caras conocidas: gobierno de los peores/gobierno de los más despreciables.
La lista de actuaciones despreciables de la clase política es larga: malos gobiernos, gestiones públicas deficientes, corrupción política, violencia política innecesaria, crímenes políticos, juridictadura, extractivismo promovido por potencias mundiales asociadas con grupos de interés que destruyen el ecosistema y envenenan la vida y a la Madre Tierra.
Y sigue: nepotismo y negocios oscuros, tráfico de influencias, una banca delictiva que teje entramados perversos con políticos criminales, redes de clientelas y parentelas que participan de la estructura de privilegios, reconfiguración del transformismo que implica que el órgano ejecutivo logra construir mayorías parlamentarias mediante la corrupción, deriva reaccionaria de las izquierdas conservadoras que comercializan la política con prebendas movilizando súbditos y movimientos sociales controlados desde arriba, compra-venta de cargos públicos y de representación política, narcotráfico, contrabando, etcétera.
Además de la arrogancia “revolucionaria” de un exvicepresidente sobrevaluado.
En resumen, lo que ha sucedido con el Estado Plurinacional es la intensificación de las formas arcaicas de dominación republicana, es decir, se ha acelerado el arcaico sistema de botín (spoil-system), de repatrimonializacion del Estado, de los rent-seekers; la impunidad es el denominador común de esta interminable lista de escándalos.
Ello ha traído consigo la precarización de la vida de los de abajo y, la crisis de confianza generalizada en los gobernantes sin importar que estos sean de izquierdas o de derechas.
Las encuestas están mostrando rechazo hacia los políticos y decepción por las actuaciones de oficialistas y opositores.
La vieja clase política y sus caras despreciables no pueden seguir siendo opción electoral ni alternativa de país, a menos que el electorado tenga un comportamiento muy irracional y siga votando por ellos (MAS, CC, Creemos y sus organizaciones grupusculares que merodean en los gobiernos autónomos, como es el caso de UCS, Súmate, Jallalla, Por el Bien Común, Somos Pueblo, UN, Sol.Bo).
Ese comportamiento electoral podría continuar, no porque el votante no pueda detectar la manipulación de los malos disfrazados de buenos políticos, sino porque los votantes tienen las mismas expectativas que la clase política de enriquecimiento ilícito a costa de los bienes públicos, de manera que ambos son despreciables. O sea, la boliviana, es una sociedad estructuralmente corrompida y despreciable que se alimenta de un odio fandom (fanáticos y vividores convertidos en seguidores y líderes partidarios).
Como dice Ernst Bloch: “La máscara posibilita al burgués no sólo aparecer como desearía ser y ser tenido en las fiestas, sino que le permite también comportarse desenfadadamente”.



