Medio: La Razón
Fecha de la publicación: miércoles 03 de mayo de 2023
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Otros
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POR MARIO VEGA YÁÑEZ
/ 3 de mayo de 2023 / 07:41
Freud en su libro Psicología de masas y análisis del yo, de 1921, advertía que la construcción de una identidad individual o colectiva se basaba en relaciones; es en base a la comparación con el otro que se construye el yo como modelo, como objeto, como amigo o enemigo.
Todo discurso hegemónico está estructurado a raíz de un “otro” que es necesario para la supervivencia misma del movimiento como un actor —o conglomerado de actores reunidos en un movimiento popular—, como elemento vital que le da su razón de existir. La lucha con ese enemigo que no permite al grupo llegar al paraíso o estado ideal es la motivación para seguir manteniendo vivo y unido a este grupo.
Esta lógica se fue repitiendo en la historia política de Bolivia una y otra vez, con cambios vertiginosos en estos últimos tiempos.
Por ejemplo, el MAS en su proceso de construcción popular basó su discurso y la reivindicación de sus demandas identificando claramente al neoliberalismo y a sus actores como el enemigo a vencer, pero no a aniquilar, ya que la inexistencia de uno significa la desaparición del otro.
A pesar que con el pasar de los años se dio el desgaste de los “partidos tradicionales” hasta la casi extinción de algunos, el MAS no cambió de figura antagónica, sino hasta los conflictos de 2019.
La emergencia de discursos igualmente totalitarios y contrahegemónicos que nacieron previo al proceso de 2019, identificó a un antagónico común que fue el mismo Morales y su estructura en busca de la reelección, que se convirtió en el centro articulador de todo discurso que buscaba, de igual manera, agrupar —en palabras de Laclau— demandas democráticas en busca de una demanda popular en base a una lógica equivalencial que dio nacimiento a un movimiento que fue clave al momento de forzar la renuncia del entonces mandatario.
Evo Morales siguió siendo ese elemento articulador del discurso opositor durante la campaña electoral de 2020 que justificaba una propuesta de voto útil dirigida a evitar su retorno institucional. Sin embargo, su inhabilitación por parte del TSE como candidato en plena campaña, marcó un punto crítico que debilitó la cohesión del movimiento hegemónico opositor y dio lugar a otro tipo de discursos que buscaban despegarse de la dialéctica MAS-antiMAS y buscar el voto a través del clivaje político entre viejo-nuevo/joven-adulto como lo intentó hacer Luis Fernando Camacho.
El retorno del MAS al poder trajo consigo una renovación de su antagónico. Ya no eran los neoliberales sino la derecha golpista contra la cual había que luchar, sus actores eran claros y había que ir por ellos.
En esta transición la figura de Jeanine Áñez y Luis Fernando Camacho fueron claves, no solo para identificarlos como enemigos, sino a su vez para evitar que la crisis interna del MAS se hiciese visible de inmediato. Las fisuras internas ya existían antes de 2019, pero eran invisibles ante una espiral de silencio propia de un caudillo, algo que cambió cuando fue Luis Arce electo y dio lugar al manifiesto de distintas facciones internas que buscan alinearse a algún proyecto que les permita la mayor permanencia en espacios de poder.
Hoy, con la captura y paulatina desaparición mediática de Áñez y Camacho, y la emergencia de alas antagónicas dentro del MAS, el partido está en búsqueda de un nuevo “otro” que le permita subsistir como unidad, como proyecto hegemónico. Ese otro que le dé un respiro de cara a las elecciones de 2025 y permita continuar con un proyecto hegemónico.



