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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 16 de abril de 2023
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Otros
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El binomio Morales-AGL fue el segundo paradigma, a nivel región, de la relación entre un jefe revolucionario y su más cercano asistente intelectual, analiza el autor.
- Evo Morales con Álvaro García Linera en 2012. Archivo Página Siete

Durante pocos meses, los militantes del MAS boliviano recitaron una consigna tranquilizadora: “el hermano Luis (Arce) es el presidente y el hermano Evo (Morales) es el líder”. Pero para cualquier observador realista, el encontronazo era inexorable. Sin banda presidencial, Morales se considera un desempleado y Arce no se piensa como un político subrogante.
Lo que no estaba en los cálculos de ambos era que el exvicepresidente Álvaro García Linera (AGL) entraría a jugar el rol del amigable componedor. Tras sermonearlos públicamente por estar desangrando al partido, los invitó a dialogar. Arce no dijo nada, pero la réplica de Morales fue fulminante. Recordándole a todos que “el hermano Álvaro” fue su segundo por 14 años y tratándolo implícitamente de desleal, sintetizó su nueva relación en una frase: “Tengo un enemigo más”.
El tema es interesante pues el binomio Morales-AGL fue el segundo paradigma, a nivel región, de la relación entre un jefe revolucionario y su más cercano asistente intelectual.
Filósofo instrumental
El primer paradigma fue el del carismático Fidel Castro, treintañero a la sazón y su veinteañero fan e intelectual francés, Regis Debray. Aquí dominaban las simetrías, pues venían de familias pudientes y tenían educación superior. Antes de ser icónico, Castro era un abogado sin clientes rentables y Debray, un profesor de filosofía embrujado por la revolución cubana. La diferencia mayor estaba en sus agendas de futuro: mientras el cubano postulaba a un liderazgo tricontinental y hasta global, el francés, más modesto, solo ambicionaba (textual) “pensarles la revolución a los latinoamericanos”. Metafóricamente, era la yunta entre un político mesiánico y un operador con ínfulas de supergurú.
Hasta la muerte del Che Guevara en Bolivia, aquello fue un juego win-win. Para el líder, los textos de Debray le fueron funcionales para apabullar a los comunistas y socialistas “reformistas” y, por añadidura, para socavar los sistemas democráticos de la región. Para el filósofo, su cercanía con Castro le permitió disfrutar las gollerías del poder, lo puso en el epicentro de la polémica de las izquierdas y lo hizo conocido a nivel mundial.
Por eso, tras la desventura boliviana, el binomio se deshizo sin drama. Castro, escarmentado por un brillante libro de Jorge Edwards, captó los peligros de polemizar con intelectuales que conocían de cerca su dictadura. Como consuelo, si bien perdía a un Debray instrumental, siempre tendría a mano a Gabriel García Márquez. A Debray, por su lado, le tomó veinte años liberarse “de la palabra sagrada del comandante”. Tras ese largo silencio, desembalsó una autocrítica farragosa y casi masoquista. En un libraco de 500 páginas, definió a Castro como “un déspota incompetente”, aludió a la “desastrosa locura de Guevara” y reivindicó a Salvador Allende. Su antes denostado líder socialista chileno mutó en un gran señor, “que murió el 11 de septiembre de 1973 como un héroe romano”.
Toro blanco y toro negro
Salvo en lo etario, el binomio Morales-AGL fue un enjambre de asimetrías. El expresidente era el “jefazo”, título cariñoso para un líder rústico de la etnia aymara, que solo en el poder aprendió a vestirse conforme a su cargo y que aún se expresa dificultosamente en castellano. Agréguese que llegó a Palacio Quemado por su rol como líder cocalero, por el desprestigio de los políticos y por su instinto para movilizar contra Chile el irredentismo nacional con el lema “mar para Bolivia”.
AGL estaba en las antípodas. Blanquiñoso, atildado en el vestir, con estudios universitarios en el extranjero, militante de guerrillas campesinas y teórico de las izquierdas antisistémicas. Complementando el instinto de poder del jefazo, aportaba una teosofía del poder revolucionario y una estrategia para llegar soberanamente al mar. Su pegamento fue la ficción retórica. Según Morales, “Álvaro es mi mejor secretario, un amigo de confianza, somos un toro blanco y un toro negro, y como yunta trabajamos por Bolivia”. AGL, juraba no ambicionar la presidencia pues “yo he peleado para que los indios lleguen al poder (y) perder a Evo Morales sería un suicidio político”. Por 14 años fue otro juego win-win. Gracias a los guiones de AGL, Morales consiguió el padrinazgo de Castro y Hugo Chávez. Desaparecidos ambos, hoy se imagina como el tercer gran líder por default.
AGL ganó notoriedad hasta un nivel insospechable. Editores chilenos lo definieron como “uno de los más importantes intelectuales de América Latina” y ubicaron a Bolivia como “uno de los más importantes centros generadores de teoría política en el mundo”.
Nada es para siempre
El fin del binomio fue traumático, en cuanto fruto de tres fracasos sucesivos: rechazo en Bolivia de la pretensión de poder vitalicio de Morales con exilio de ambos jefes; rechazo en Chile de la vía constitucional a la refundación, inspirada en las tesis de AGL; y destitución del presidente peruano Pedro Castillo, quien levantaba desde CNN la consigna “mar para Bolivia”.
Dada la rusticidad de Morales, no hubo divorcio de terciopelo. Desde su exilio resintió el alejamiento de AGL y publicó un libro “según la tradición oral andina”, en el cual se autoelogia con generosidad, dice que fue víctima de un golpe de Estado y omite mencionar a su vicepresidente. De paso, le clava una indirecta: “Yo no soy politólogo, muchos que hacen política no son politólogos, son indígenas, campesinos, obreros”.
AGL, más sutil, esquivó el choque. Más bien y sin decir diciendo, está explicando su alejamiento como efecto de una mutación personal: de politólogo blanco, asesor de político indio, hoy es un político con vuelo propio. Como tal, no ha cedido a la tentación de justificar el triple fracaso con la agresividad torpe de Morales, su ignorancia respecto al ethos nacional de los chilenos ni su pretensión de tutorizar al histórico virreinato seccionado por Bolívar.
Huérfano de asesor, Morales hoy está en plena fuga hacia adelante. Fogonero del estallido social peruano, cree que derribada Dina Boluarte reinstalará el tema de una salida al mar bajo soberanía aymara. Esto consolidaría su presunto liderazgo regional y le ganaría puntos en la interna masista.
AGL ya advirtió que de la pugna Morales-Arce emerge la posibilidad de ser el tercer líder del MAS, su refundador o el conductor de un nuevo “bloque histórico”. En esta línea, debería “mirar la derrota cara a cara” como aconsejaba Lenin. Esto implica someter a revisión su estrategia de geometría variable -primero contra Chile y luego contra el Perú- lo mismo que sus tesis sobre constituciones sin consenso que legitimen “una guerra social total”.
¿Es viable una evolución de ese tipo en un místico de las refundaciones? No es imposible, pues la democracia aún tiene reservas para prevalecer en la región. De hecho, hasta su presidencial lector chileno está tratando de defender la institucionalidad democrática amagada por la violencia. Por lo demás, la tradición dice que en política se han visto muertos cargando adobes y diablos vendiendo cruces.




