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Medio: La Razón
Fecha de la publicación: domingo 09 de abril de 2023
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Otros
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El tiempo es un recurso crucial en la política. Tomar decisiones acertadas en el momento oportuno es un atributo que se traduce en liderazgo. Evo Morales tuvo esa aptitud desplegando un estilo de acción política que era una combinación entre retórica radical y decisiones moderadas. Y con ese estilo avanzó al centro del campo político y venció en los comicios de 2005, 2009 y 2014 con mayoría absoluta. El MAS-IPSP controló el ritmo del proceso político reescribiendo el pasado (colonial y republicano) y diseñando el futuro (Estado plurinacional) a partir de recuperar la historia (nacionalización de hidrocarburos) aunque en el preámbulo de la CPE no se menciona a la revolución del 52.
A fines de 2015, el MAS-IPSP optó por alterar la sincronía del tiempo constitucional del mandato presidencial y apostó a otra reelección consecutiva de Evo Morales; lo hizo de una manera sorprendentemente anticipada. Apenas había transcurrido un año de su victoria en las elecciones de 2014 y el MAS-IPSP aprobó la convocatoria a un referéndum para una reforma parcial de la nueva CPE. La derrota en el 21F provocó una notable alteración en la gestión gubernamental que se concentró en la habilitación de Evo Morales para los comicios de 2019 por vía judicial y en ese afán aceleró, por ejemplo, la aprobación de la Ley de Organizaciones Políticas y la realización de elecciones primarias. Es decir, el ritmo del proceso político se subordinó al objetivo reeleccionista y tuvo un lamentable desenlace con el golpe de Estado.
Hoy, otra vez, de modo sorprendentemente anticipado se impuso otro cálculo electoral en la agenda partidista a partir de la decisión de Evo Morales de pugnar por la candidatura en 2025. Una consecuencia de esa decisión es una similar pretensión de Luis Arce y, como antaño, la gestión gubernamental está subordinada a una disputa interna. El futuro (del proceso de cambio) está suspendido y el pasado define la conducta en el presente puesto que el MAS-IPSP debe optar, aparentemente, entre la reelección de Luis Arce y el retorno de Evo Morales. Esas opciones no son viables electoralmente, inclusive si se liman las asperezas y la unidad no es mera retórica, porque no pueden vencer en primera vuelta y serán previsiblemente derrotados en la segunda. Los argumentos están en mi libro Resistir y Retornar, publicado hace seis meses, y serán motivo de otra columna. En estas líneas me interesa destacar otro elemento negativo de la actual estrategia de Evo Morales y se refiere a que está poniendo en riesgo su legado, es decir, su aporte a la historia del país y al movimiento indígena global que tuvo su mayor esplendor entre 2005 y 2015. Su liderazgo ya no se sustenta en un vínculo carismático —el carisma es situacional— y su radicalización discursiva —acusando de “un enemigo más” a quién fue su acompañante de binomio con una lealtad inédita en nuestra historia— lo aleja del centro, ese lugar que ocupó para vencer de modo incuestionable y que es imposible que vuelva a habitarlo porque la crisis de 2019 lo alejó, para siempre, de los sectores populares y medios urbanos, esa base social cuyo apoyo electoral le permitió al MAS-IPSP disponer de capacidad de acción hegemónica mediante su articulación a un proyecto campesino indígena. El MAS-IPSP tiene que recuperar esa capacidad de acción y, para ese fin, Evo Morales debería enfocarse en resguardar su legado y garantizar una sucesión —no renovación— de liderazgo que permita que el (proceso de) cambio tenga continuidad. Sus seguidores deben darse cuenta de este imperativo de la historia. Y él también.
Fernando Mayorga es sociólogo.



