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Medio: El Periódico
Fecha de la publicación: miércoles 08 de febrero de 2023
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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Ciertos políticos bolivianos parecen tener siete vidas. Algunos no mueren nunca, otros mueren y resucitan más de una vez y, otros, parecen no darse cuenta de que ya han muerto. ¿Cuáles las razones por las cuales los ciudadanos endiosan, matan y resucitan a algunos líderes políticos? Entre las crisis que aquejaron a nuestro país: de la democracia pactada hasta el proceso de cambio, en la actualidad se destacan los recientes desafíos de representación política. Hemos sido testigos de las reacciones ciudadanas ante atropellos de poder, arbitrariedades harto evidentes o una indudable incapacidad de gobernar, los cuales, las movilizaciones ciudadanas fueron capaces de echar a presidentes ineficientes, corruptos y autoritarios. Estas reacciones espontaneas e inorgánicas tanto del reciente periodo 2019 y 2020, como las del 52 y de los 80, tanto endiosaban a un líder como lo sepultaron tiempo más tarde. ¿Cuántos presidentes -en esos periodos- dejaron el gobierno de manera abrupta? En la mayoría de estas crisis, las demandas no se canalizaron a través de partidos políticos, sino que se dirigían contra ellos, lo que resultó en procesos de fragmentación, colapso o transformación del sistema de partidos políticos, que no termina de cuajar. No escapamos ni somos una excepción en la región, al igual ha sucedido en Venezuela, Ecuador y Perú. Lo propio en Argentina y Colombia, siendo Uruguay, Chile y Brasil, quienes destacaron por su estabilidad, con distintos grados de institucionalización y dinamismo en sus sistemas de partidos. Bolivia se ha estacionado. Una de las consecuencias de las crisis ha sido la promoción de nuevos liderazgos y la expansión de derechos democráticos a poblaciones históricamente ignoradas, sin embargo, este proceso vino acompañada de la exacerbación populista y el abuso del poder presidencial y sus entornos palaciegos. Los lideres se convirtieron en actores cruciales que explican el deterioro de la democracia, el aumento de su déficit, el populismo y la no profundización republicana.
En el periodo considerado, los líderes políticos -según encuestas de opinión- son considerados como el problema y la solución. Que tienen escasa preparación y un alto grado de improvisación, resaltan su egoísmo y han convertido a la política en un “carnaval de vanidades”, donde resaltan más su autoritarismo y el individualismo. Este cuadro de situación ha derivado en la decadencia de los partidos políticos, exacerbada por el hiperpresidencialismo que invade -además- a todas las instituciones públicas y profundizó la crisis política, pues de esta forma el líder presidencial consume toda la política, rol que imitan sus conmilitones creando un agujero negro de la política y la gestión pública.
Este ambiente, se tiñe por el tema de la violencia política y la corrupción: la política está mediada por la violencia física y judicial, la que se aplica con facilidad y se ha convertido en un hábito recurrir a la violencia con el fin de resolver conflictos políticos y sociales. Las instituciones democráticas solo existen formalmente, es decir tienen dos caras: una democrática y otra de violencia, lo que ha legitimado una democracia ficticia, que influye en la cultura política boliviana que ha polarizado a la sociedad, estableciendo la idea de que la seguridad violenta es parte de la lucha por la democracia, tal como puede definirse al innombrable líder populista y caudillista azul, desconfiado hasta los tuétanos de los partidos políticos, capaz de establecer un contacto popular directo y que transformó la idea de seguridad represiva como sostén de la democracia. Nuestra historia puede contarse a través de los líderes políticos. Taimados y mediocres, antes que democráticos y constructores de Patria.
En este contexto, los partidos políticos han perdido relevancia, capacidad de aglutinamiento y centralidad en el juego de poder. Los partidos no han actuado como escuelas democráticas de generaciones de jóvenes militantes, por ello en la actualidad, las elecciones son entre candidatos extremadamente personalistas y los partidos no tienen programas ni propuestas de futuro, muestran un vaciamiento ideológico y convertidos en agencias electorales, nada más. En muchos casos la política está dominada por una elite compuesta por grupos de familias que van rotando en diversos cargos de la cosa pública, convirtiendo la política como actividad hereditaria con familias tradicionales dueñas de la escena política. Estas elites tradicionales, tanto urbanas como rurales, son la clave para entender alguna estabilidad política que se logró en medio de otras guerras políticas nacionales. Algunas elites han sido capaces de mantener cierto orden, aplicando la presencia del Estado y el desarrollo económico en el país que les importa: su región, departamento o ciudad; el resto del territorio -nacional, departamental o municipal- ha sido olvidado por ser marginal a los factores de enriquecimiento de los integrantes de la elite. Los partidos políticos, entonces, han sido muy territoriales y estructurados más local que ideológicamente. Durante el periodo democrático y aún en las dictaduras, los partidos representaban de manera creciente los intereses locales, lo que gradualmente los incapacitaba para independizarse de los grupos clientelares locales y para generar propuestas nacionales. Su caída estuvo directamente relacionada con su falta de transparencia, por entender la política como un trafico de influencias y privilegios para un sector de la sociedad y con la falta de institucionalización, como su rasgo más patético.
Las ultimas cinco elecciones han mostrado que la oposición aun no ha aprendido de su pasado reciente: se atomizó y apostó individualmente a los líderes máximos de cada partido. Los resultados marcaron nuevamente un claro retroceso de los partidos políticos tradicionales, junto a la aparición de “nuevos candidatos”, que no han logrado conformar una alternativa de peso. Todo esto confirma el incremento de la figura presidencial, del jefe, y el desquicio de los partidos políticos que se traduce en que, la mayoría de los políticos radicados en la sede política del país, empezaron su carrera a nivel local, como concejales y ahora asambleístas, luego a veces pasan a ser diputados y/o senadores suplentes, luego intentan ser titulares en una próxima elección: pasan de una acera a la otra del frente, y, así, muchos persiguen cotizar mejor para una “buena jubilación”. Mientras en otras democracias los políticos construyen sus carreras dentro de un mismo partido, con metas y objetivos explícitos, hacen carrera política orgánica, en cambio hay los más que cambian de partidos más de una vez, o dentro del mismo partido y tienen por ello un alto grado de volatilidad. De ellos se puede esperar de todo. La calidad de la política boliviana y del desarrollo, es reflejo de la calidad de los políticos.
El grado de institucionalización de los partidos es un tema extremadamente importante, pues ésta se define como la existencia de reglas democráticas internas, coherencia ideológica, mecanismos de control y disciplina partidaria, grado de circulación interna, formación de líderes y administradores, adaptabilidad a los cambios coyunturales y, finalmente, normas de organización partidaria estables, esto quiere decir que se generaría una relación entre el grado de institucionalización de los partidos y la calidad democrática de los líderes, que lamentablemente no los tenemos y no los tendremos listos para armar un frente único con miras al 2025, tal como van las cosas: dispersión y volatilidad.
La ausencia de controles institucionales o partidarios incrementa las probabilidades de que aparezcan lideres -legítimamente elegidos por sufragios democráticos- que, en ejercicio, tienden a utilizar mecanismos de hard power: concentrar poder y profundizar los déficits democráticos. Estos lideres son legítimos en origen, pero usurpadores del poder en ejercicio. Estos líderes demócratas usurpadores construyen su poder vaciando otras instituciones, ya asea minimizando el rol de las legislaturas o restringiendo la independencia judicial, como sucede hoy. Los usurpadores del poder tienden a manipular las instituciones y las leyes con el fin de beneficiarse o privilegiar sus intereses o los de sus allegados. Se consideran a si mismos como los únicos representantes del pueblo, por lo que la política comienza a identificarse más con su persona que con la normativa que rige el país. Estos utilizan prácticas como el clientelismo y el personalismo, a través de las cuales cimentan y mantienen su poder. Haciendo uso de una retorica en la que el progreso de la nación se identifica con su persona, es común que estos líderes intentan perpetuarse en el poder: rasgos son reconocidos en Fidel, Chávez, Cristina Fernández, Morales, Lula y otros que existen localmente, también, de los cuales Bolivia está harta. Este tipo de líderes usurpan el poder e incrementan su autonomía alejándose cada vez más de los controles institucionales, partidarios y sociales.
En el esquema de la política boliviana una realidad es que el gran punto en común de los partidos políticos opositores es su postura adversa frente al proceso de cambio como proyecto político y no ofertan nada más. Sin embargo, el nuevo factor que ha entrado en juego, que permite agrupar a la oposición es: su inhabilidad para poder llevar a cabo una renovación de liderazgos. Este problema no es algo nuevo, ya desde hace décadas se ha denunciado cómo los partidos políticos se han consolidado como plataformas personalistas en torno a un liderazgo individual, muy contrario a lo que debería ser dada su propuesta democrática: una plataforma en la que la discusión interna y la voz de la mayoría logre dar cabida a nuevos nombres. Es necesario nuevos y renovados liderazgos para el 2025, y no, políticos de siete vidas. Si no, el pueblo decidirá.



