Medio: Opinión
Fecha de la publicación: domingo 29 de enero de 2023
Categoría: Representación Política
Subcategoría: Procesos contra autoridades electas
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Dada la experiencia mundial en el siglo XX —y especialmente en aquel crítico periodo de entreguerras en el que las más radicales ideologías se apoderaron de las “civilizadas” mentes europeas— resulta evidente que la más profunda impotencia social tiende a derivar en los sueños más elevados de omnipotencia. Algo similar, aunque mucho más tenue, por supuesto, es legible en la imagen de los recientes cabildos que se desarrollaron en las principales ciudades de Bolivia. Resulta claro, para cualquier observador imparcial, que estas asambleas no gozaron de la masividad o del ímpetu que las caracterizó en momentos de crisis previos. Y, sin embargo, la sensación misma de debilidad, pero de visceral rechazo a las acciones gubernamentales, llevó a las distintas congregaciones a apuntar sus armas hacia la implausible meta de revocar el mandato de Luis Arce.
Esta caricatural demanda no es, sin embargo, únicamente la muestra de un “pataleo de ahogado” de la población que no se siente representada por el MAS. La estructura de frustración que impulsa a las clases medias a soñar con “soluciones divinas” a los problemas sociales es la misma que catapultó al gobierno a personajes como Donald Trump o Jair Bolsonaro. En ambos casos, estos líderes políticos significaron una amenaza real a los sistemas democráticos de sus países.
Toda frustración en la esfera social de una democracia debería poder traducirse en la generación de acciones colectivas que no apunten, por así decirlo, a cambiar la situación política “de un solo golpe”. Lo que este imaginario político hace, en la mayoría de los casos, no es más que reeditar las formas de pensamiento y acción que se interpelan y se tratan de destronar.
Las acciones sociales concertadas deberían apuntar, en primera instancia, a entenderse a sí mismas desde un nuevo lenguaje político, fuera de la gramática regular sobre la que el Estado se asienta. Esta posibilidad de auto-comprenderse fuera de los lugares comunes de la política convencional supondría, claro está, la apertura de un nuevo horizonte de posibilidades desde el cual construir una politicidad y un quehacer social que no reproduzcan las pútridas condiciones que caracterizan a las burocracias estatales.
SIN ASIDEROS
OSCAR GRACIA LANDAETA
Filósofo



