Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: miércoles 11 de enero de 2023
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
Dirección Web: Visitar Sitio Web
Lead
Contenido
La gran escritora argentina Silvina Ocampo –en la década de los sesenta– escribió un breve relato (El vestido de terciopelo) que narra las peripecias de una modista que viaja desde un barrio modesto hasta uno de la clase adinerada, para probarle un vestido a una señora de la llamada alta sociedad. Para tal cometido, la modista es acompañada por una niña como testigo de su periplo. El vestido, hábilmente confeccionado de una tela de terciopelo, o bien porque la clienta había perdido la línea, o porque el clima estaba caluroso, o por un ensamble de los tres factores, la prueba final resultó muy dificultosa: el vestido no hacía encaje. La modista, nerviosa, recurrió a todas las mañas, desde poner talco para que se deslice, hasta otros poco ortodoxos, hasta que finalmente lo consiguió.
Pero una vez que logró su cometido, la señora sintió un fuerte sofocamiento y un ahogo. El vestido tenía la caída perfecta, casi no presentaba arrugas y lucía un espléndido dragón bordado con lentejuelas. Era fantástico, pero a la vez insoportable. Cuando la clienta se lo quiso sacar, forcejeó, buscó alternativas, pero se resignó y pensó que tendría que dormir con el vestido puesto. La señora, exhausta, suspiró, y con el poco aire que le queda y antes de caer muerta, reclamó: “Es una cárcel. ¿Cómo voy a salir?”.
Haciendo una analogía, Arce Catacora tiene calzado un vestido de terciopelo azul y blanco, que el evismo le encajó y que ahora lo tiene preso, sin movilidad alguna y casi sin oxígeno.
Se trata de un atuendo que, además, apresa una interpretación hueca y falsa que esgrime una ciega lucha permanente contra una derecha supuestamente imperialista. Es un vestido encorsetado plagado de resentimientos y odios intestinos contra todo el aparato empresarial privado a quienes se debe ajustar hasta asfixiarlos por completo.
Arce se calzó el vestido de terciopelo –voluntariamente– pero luego vio que no le quedaba y cuando quiso sacárselo, se dio cuenta de que ya era tarde. Su cárcel ya estaba cerrada y su muerte fue anunciada desde el Chapare. El vestido era un caballo de Troya manejado por Evo Morales. Se dio cuenta de que fue manipulado y “apretado” por la línea dura del evismo y cuyos encajes –el proyecto político masista– desprende un fétido olor. El vestido no sólo es ajustado en exceso, sino que, además, es sucio, desaliñado y sus pliegues están envenenados.
Dónde está el error de sastre masista: creer que gobernarían para siempre. Violando la constitución para implantar una reelección indefinida o alternarse el poder en una larga secuencia recíproca. Todo les estalló en la cara cuando se dieron cuenta que no tomaron en cuenta un factor crítico a tiempo de coser un vestido corrompido: la prolijidad.
Es probable que cuando se ensambló ese monstruo masista - y ahora bifronte -, recordemos la frase popular de que el poder no es impunidad. Por ello, para los evistas recuperar el poder era y es prioridad y, luego, ya se acomodarían los pliegues y la talla a Arce. Pero una vez puesta la prenda, todos se autoapresaron entre sus puntadas y se dieron cuenta que el diseño tenía fisuras muy grandes. Todo desencajaba. Todo era deslustrado.
Para los masistas no hay división de poderes porque los poderes son fácticos, no institucionales. Para ellos las formalidades constitucionales son pruritos burgueses. Solo bajo esta lógica puede entenderse que en Bolivia el voto para los populistas disuelve la distancia entre la ley y el deseo brutal del gobernante. El que gana pasa a encarnar toda la democracia, con lo cual la saquea, persigue, apresa, reprime, inventa y denuesta.
tiene calzado un vestido de terciopelo azul y blanco, que el evismo le encajó y que ahora lo tiene preso, sin movilidad



